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Viernes, Marzo 06th, 2009 | Author: admin

David Coll ha publicado su tercera obra, probablemente su nuevo y espero no último Opus Magnum, en su ya dilatada trayectoria a lomos de la rima. La obra reza “Las Noches del Corazón” en su portada, editada por Sial/Fugger Poesía, y es una invitación al lector hacia un viaje hacía el lado oscuro del mundo, al corazón del mal y a la postura del ser humano ante el horror del mundo.

Soy escudero fiel de este Quijote desde tiempos inmemoriales, y se puede decir que si alguien ha visitado las nueve cámaras dantescas del infierno, éste ha sido David. Con su capa, envuelto en vino y soñador en su Musa. Pero también fascinado por la rima y sus misterios, por el reinado de la injusticia sobre el Bien, por el Mal y por su capacidad para seducir y enamorar. También aparecen en el Dramatis Personae de “Las Noches Del Corazón” Dios, la fe, La Belleza, y sobre todo, la Muerte, todo ello expresado con un matemático rigor en cuanto a la métrica y a la rima, predominando sobre todo el soneto en su forma de articular los versos.

David Coll se afrenta al mal siendo poseí­do, describiendo con crueldad y a veces con un obsesionante martilleo, todas y cada una de las gotas de sangre que gotean de la culpabilidad de una sociedad capitalista injusta y arbitraria. David desenmascara la realidad: “Con sangre inocente nos manchamos las manos”, dice en el poema manifiesto “Al Lector”. Todos somos culpables. La sociedad es injusta, pues hay caídos, vagabundos, yonquis, trabajadores alienados, toda una fauna urbana negra, raída y explotada, y David nos acusa a todos, complices de la farsa.

Desde la noche se hace un retrato a las zonas más oscuras de la ciudad. Al imaginario bohemio más habitual, como las putas, los borrachos, los locos, se unen también yonquis, y hasta el alienamiento de la clase media. Se “despacha” también a la clase dirigente, políticos y clases sociales poderosas.

En este árido escenario, el poeta piensa también en el placer, en el vino y en el amor, un amor siempre esquivo pero esperanzado en si mismo, pues posibilita un estado de elevación al que David aspira en todo el libro. Elevación en un sentido cristiano. David parece repasar la Biblia y sus mensajes para recapacitar como un pecador en dolor sumido, atronado por la conciencia y por la frustración de un mundo que no tiene sentido, a veces quizá esperanzado por el arte o por el amor… Se habla del Mal, sí, pero para redimirse y para salvarse de un sentido muy culpable de la existencia. Desde este punto de vista, paradojicamente, estamos ante un libro muy enraizado en las clásicas preocupaciones cristianas.

El autor y un servidor. Detrás, siempre detrás, Notre Dame, en París.

El autor y un servidor. Detrás, siempre detrás, Notre Dame, en París.

Sin embargo, los dolores agridulces de ciertos poemas se tornan increí­blemente agresivos y sin duda alguna soliviantaran la opinión de más de un lector… En el soneto “Ensueño Criminal” se relata desde el punto de vista de un criminal la violación de una niña, algo que está expresado con un realismo descarnado y que puede resultar desagradable. Es lo que pretende David, pasear el cuchillo por la sangre de todas las víctimas y clavárnoslo en la conciencia, y ante esto, no todo el mundo reaccionará bien, pues para comprender estas Noches del Corazón hace falta algo más que coraje. Duele su lectura. A veces demasiado, dificultando el leer la obra del tirón. A veces se atraganta. Pareciere más una copa amarga a la que visitar de vez en cuando para satisfacer nuestro gusto masoquista por el embrujo de la poesía oscura, suicida, que tan buenos frutos dio a Baudelaire en “Las Flores del Mal” y que David retoma con acierto en sus “Noches Del Corazón”. Un libro extremo, valiente y sin pelos en la lengua, una heroicidad divina en tiempos de sequía.

Me acuerdo, antaño, en el comienzo de los tiempos heroicos, que David venia a nuestro encuentro oculto en la noche con su capa como estandarte y su afilada sonrisa como pasaporte al vampirismo poético. Traía consigo una ochentera mochila azul de deporte que tintineaba en su interior una música de cristal liquido. Se reía al vernos igual que el hechicero trae al cordero para oficiar un sacrificio. Nunca antes fue tan paradójica una bolsa para hacer deporte. De su interior, abierta en canal, salían caldos malditos de las tierras más ricas del mediterraneo, decenas de ellas, prestas a ser vendimiadas por nuestras sedientas almas de bohemia poética.

Esas noches, en parques, junto a estatuas, a la luz de la luna, en palacios ajenos, en prostíbulos, junto a arpías y junto a Judas, todas esas noches, escribieron entonces nuestras “Noches del Corazón”. Ahora, 20 años después, tras poseer la sabiduría del que conoce el infierno, perdió su alma y la recuperó ajada, tan amarga como la vida misma, David vuelve a abrir la mochila, pero esta vez sale un libro. Da igual, el resultado es el mismo, ese de embriagador dolor.