De siempre, antes de los tiempos de Maldoror, he estado muy interesado en la destrucción. Deleuze lo llamaría deconstrucción, Marx el advenimiento del proletariado, Freud la conciencia, y para el otro Marx, Groucho, sería el Boogie Boogie Boogie. Interesado pues en el apocalipsis, más allá de las finanzas de los banqueros y del equilibrio del sistema, deseo con todas las fuerzas el advenimiento de un cambio real y profundo.
Deseo con todas las fuerzas que el caos sanador haga saltar la Banca. No quiero que se cambie lo mínimo para seguir igual. Quiero que cambie todo en todas partes, en el trabajo, en el mercado, en las escuelas, en el mar, en la luna y en los platos del Dj. Quisiera que una ola lo destruyera todo y comenzáramos de nuevo. Que el solanum ardiera en los tejidos de los humanos y una horda hambrienta de zombies nos ayudará a apreciar la vida y a refundarla. Por eso, siempre que los mordiscos traen virus, huracán y dolor, salvando la perdida del momento, sera al final positivo. Para cambiar hay que quemarlo todo. Todo lo demás es reforma en el sentido más amable de la palabra. Hasta entonces, Alberto Monreal ya está preparado para el apocalipsis, porque no se sabe cuando va a finalizar este banquete putrefacto que algunos ilusos llaman democracia liberal.
Así pues, a quien le interese, para las cónicas del futuro post apocalípsis, dejo estas páginas de crónicas hedonistas, como si Des Esseintes hubiera tomado mi espíritu, echando de paso un vistazo al legado de los Cantos de Maldoror, y de paso, abordar disecciones y crímenes varios. Todo con saludable intención de quemarlo todo en cuanto me sea posible. Sea.
