La sangre verdadera es la sangre de vampiro

Octubre 24th, 2008 por elenac

Alan Ball, creador de ‘A dos metros bajo tierra’, se convierte en líder de una revolución cultural y social que obliga a las criaturas de la noche a salir del armario mediante su serie ‘True blood’

“Los vampiros son parte vibrante y activa de este país y de tu comunidad. Es hora de que se les devuelvan sus derechos humanos y salgan de la oscuridad”. Así clama el manifiesto de la American Vampire League, una sociedad creada para salvaguardar el bienestar de los vampiros que salen del armario.

“Hay que erradicar el miedo y el odio hacia los vampiros” dice Nan Flanagan, directora general de la AVL (a los que también puedes contactar en Facebook). No solo su organización está dispuesta a ello. Alan Ball también. El que un día enterró a nuestros muertos en A dos metros bajo tierra, hoy los desentierra en True blood cada semana, intentando convencer a la sociedad americana de que algunos no son tan malos. Otros sí. En cualquier caso, hay que conocerlos porque están ahí.

Gracias al outing vampírico, también conocido como La Gran Revelación, muchos humanos se han visto tentados a relacionarse con estas criaturas de la noche de una manera que va más allá del miedo: el sexo. Es difícil tener relaciones seguras en estos tiempos, por lo que la agencia de relaciones Lovebitten empareja humanos sanos con vampiros no asesinos. “Fue fascinante intentar conocer a un vampiro, pero la escena me intimidaba. Ahora tengo a Sebastian y no podría estar más aterrada”, agradece Mindy, de 26. Sebastian tiene 211 años y también está contento de la intimidad que comparte con Mindy.

“Sangre. Siempre es la sangre”, decía el vampiro William the Bloody, más conocido como Spike. Esa insaciable necesidad ha obligado a los vampiros a vivir ocultos durante siglos, limitando sus relaciones humanas a la extración de esa poderosa ambrosía del torrente sanguíneo de sus víctimas. Desde que una empresa japonesa ha conseguido sintetizar sangre artificial comercializada bajo el nombre de Tru Blood, lóngevas criaturas como Bill Compton (173) han vuelto a su ciudad de origen para integrarse de nuevo en la comunidad. En su caso, hablamos del pequeño pueblo sureño Bon Temps donde no están muy acostumbrados a recibir a los hijos y hermanos de Drácula.

Tru Blood se consume incluso en los bares, en los 7Eleven, en los grandes supermercados. Y como no toda la sangre sabe igual, hay un tipo para cada persona (o mejor, cada vampiro). A Bill Compton, el protagonista no-muerto de True blood, lo que le gusta es el O, la más fuerte de todas. Tipo A eran Oscar Wilde y Jean Genet, nos recuerda la web del producto. Así que si eres un chupasangres con adicción a la literatura perversa, decadentista u homosexual, prueba un chupito del tipo A. Eso sí, HBO te recomienda el consumo responsable.

Sookie, una chica muy especial con ciertos poderes telepáticos, vive en Bon Temps y sabe juzgar a los vampiros no porque sean criaturas del mal, sino por su propia personalidad. Pero no todo el mundo es así, pues Estados Unidos es un país que tiende a obcecarse con aquello a lo que teme. Por eso no es extraño que algunos se hayan agrupado en los Fellowship of the Sun (el sol es algo para lo que los vampiros aún no tienen cura). Para ellos, las criaturas con colmillos son un enfermedad a erradicar.

Aunque Estados Unidos es el país más preocupado por ahora en la infección vampírica, eso no quiere decir que no estén entre nosotros también en España. True blood se emite semanalmente en la cadena por cable HBO. Tan sólo un día después de la emisión del segundo capítulo, el canal firmó la renovación por una segunda temporada. Hasta hoy, siete episodios de la serie basada en el libros de Charlaine Harris Muerto hasta el anochecer.

CC. Elena Cabrera. Publicado en ADN.es

Premio Nobel, ¿un reconocimiento literario o político?

Octubre 9th, 2008 por elenac

La Academia Sueca anuncia hoy el ganador literario del año, que el año pasado fue otorgado a Doris Lessing y que nunca está exento de controversia

Doris LessingEl 23 de octubre de 1964 el diario Le Figaro publicó una carta escrita por Jean-Paul Sartre: “un escritor no debería permitirse a sí mismo convertirse en una institución”. Y así, rechazó el Premio Nobel. Nadie más lo había hecho. Ni antes, ni después.

Para Horace Engdahl, secretario de la Academia Sueca, el centro de la literatura mundial es Europa y no Estados Unidos.

Pero la lista de laureados por el Premio Nobel no siempre responde a ese epicentro literario, pues esta organización que esculpe en pompa y secretismo su prestigio, se ha dejado fuera de su Monte Olimpo de las letras a los difuntos James Joyce, Jorge Luis Borges, Anton Chejov, Vladimir Nabokov, Graham Greene o Leon Tolstoi.

Durante la Primera Guerra Mundial la Academia decidió permanecer neutral al conflicto, por lo que todos aquellos autores significados fueron rechazados de las quinielas, como por ejemplo Zola, Ibsen o Mark Twain. Esta política ocasionó que las letras escandinavas gozaran de favoritismo, por lo que el sueco Verner von Heidenstam (1916), los daneses Karl Gjellerup y Henrik Pontoppidan (ambos ex aequo en 1917) y el noruego Knut Hamsun (1920) fueran galardonados, así como el suizo Carl Spitteler en 1919.

Los biógrafos de Borges señalan que la academia nunca le ha concedido el Nobel, pese a estar nominado en incontables ocasiones, por su apoyo a los gobiernos dictatoriales de Chile y Argentina, en cambio, otros escritores destacados por su respaldo a gobiernos de izquierdas, como el caso de Sartre o Pablo Neruda sí fueron elegidos.

Salman Rushdie podría haber sido Premio Nobel en 1989, o en cualquier otro año, pero la academia decidió no apoyarle en la persecución religiosa de la que es objeto. Por ello, ese año, dos de los miembros vitalicios de esta institución presentaron su dimisión.

En busca del ideal

No fueron los únicos. En 2005 Knut Ahnlund, de 83 años, renunció a su sillón de académico por el premio que el año anterior se había concedió a la escritora austriaca feminista Elfriede Jelinek (La pianista). Esta vez los motivos no fueron políticos sino literarios. “Ese premio ha hecho un daño irreparable a todos los empeños progresivos [de la academia] y ha confundido el punto de vista general de la literatura como arte”, declaró a un periódico sueco. Además, aventuró que probablemente los académicos suecos no habían leído siquiera una parte del trabajo de Jelinek.

La culpa de que este controvertido premio del que Camilo José Cela se había vanagloriado en ganar antes del Cervantes, es posible que resida en el propio Alfred Nobel, que dejó escrito que el laurel que lleva su nombre debería concederse a “la persona que haya producido (…) el más destacado trabajo en una dirección ideal”.

Esa dirección ideal puede ser, para los albaceas del señor Nobel, una ideología, una significación, una posición y no necesariamente la cima de la literatura universal.

CC. Elena Cabrera. Publicado en ADN.es