La última gran canción de 2009

Diciembre 26th, 2009 por elenac

Wonderful Life, de Hurts. En realidad sería la primera gran canción de 2010, ya que el single sale el 11 de enero, pero el vídeo ya puede verse desde hace un tiempo. Es una canción sobre un hombre, en un puente, decidido a suicidarse. Entonces aparece una mujer, Susie, que intenta convencerle para que no lo haga.

Estas son las cosas que les gustan: el italo-disco, el synthpop, el futurismo, la música contemporánea, los trajes, la pose, el grano negro de Anton Corbijn, Pet Shop Boys, Tears For Fears, Ultrabox, Spandau Ballet. Y sí, también son de Manchester.

El cantante, Theo Hutchcraft, fue precoz y afamado dj a los 16. A los 20 formaba parte del grupo electro Bureau.

En una entrevista reciente le han preguntado qué es ser una perfecta estrella del pop, y él contesta: “You don’t just want a girl or boy next door. You want to see a star. You want people who say things you could only dream of saying, wear things your parents would never let you wear, and write music that you can’t understand how they make”.

El castigo

Diciembre 14th, 2009 por elenac

Ya hace tiempo que me había dado cuenta que entre Haneke y yo había algo. Un romance como este me había ocurrido, al menos, en otras dos ocasiones: Cronenberg y Egoyan.

Un día llegó a manos de Elizabeth Smart un libro de poesía de George Baker y se enamoró brutalmente de él, sin conocerle.

Ayer vi Das weisse band, La cinta blanca, la última película de Haneke que esta triunfando allá por donde va. Un día antes escuché a una presentadora del canal 24 H decir que la mejor película en el Festival de Cine Europeo “tenía que haber sido Los abrazos rotos de Pedro Almodóvar” pero fue La cinta blanca y que “la mejor actriz tenía que haber sido Penélope Cruz” pero fue Kate Winslet; yo pensaba que la época de la propaganda españolista había terminado, también incluso en RTVE.

De la tormentosa relación de Elizabeth Smart con George Baker nació la literatura de aquella, y como quinto hijo de su amor por él, En Grand Central Station me senté y lloré.

Al ver la película, algo se me heló dentro. La educación protestante arruinando la vida de los niños, perpetuando la amputación emocional de los padres, generando odio hacia la diferencia, “un mundo de súbditos en el que todos están en guerra contra todos -los hombres entre si, los hombres con las mujeres, y los adultos contra los niños- y a la vez unidos en su sumisión a la autoridad y en el respeto a una agobiante sobrecarga de reglamentaciones basadas en la represión”, como ha escrito brillantemente Rafael Poch en su excelente reseña en La Vanguardia.

Los titulares insistían en que la película de Haneke trata sobre el nacimiento del nazismo. Lo olvidé mientas veía la película. Después, al leer sobre ella, no entendía porqué tanto titular sobre el nazismo, yo no lo había visto en la película. Había visto la educación, la religión, la severidad, la crueldad… ¿qué niño no lleva todo eso dentro de sí? Me parecieron sentimientos humanos exacerbados por la vida en una comunidad pequeña, controlada por sus líderes espirituales, económicos y políticos (el párroco, el marqués, el administrador). Más tarde ya pude entenderlo: esa generación en concreto de niños criados en la Alemania inmediatamente anterior al inicio de la Primera Guerra Mundial son los que luego abrazarán el régimen nazi. A pesar de la contextualización histórica de la película, sigo sin creer que la historia que cuenta La cinta blanca sea la del origen del nazismo, como dicen los titulares. Es más, he leído que Haneke tampoco está de acuerdo en que eso sea lo más importante.

Aún así, esos niños nos recuerdan otros niños crueles de otras películas alemanas sobre el nazismo.

La película se estrena el 15 de enero. Creo que todo el mundo debería ir al cine a verla, algo así no sucede todos los días. O quizá sí, pero no en una pantalla.

Esta noche, en ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? hablaremos sobre Elizabeth Smart, para quien vida y literatura fueron siempre una misma cosa.

Actualización: ya lo hemos hecho.

Contra el CD

Diciembre 14th, 2009 por elenac

Debido a la turbulencia ocasionada por el intento del Ministerio de Cultura de colar en la Ley de Economía Sostenible una solución drástica e interesada a sus problemas con los defensores de los ingresos por derechos de autor (ya sabéis que me refiero al #manifiesto por los Derechos Fundamentales en Internet y su paródico anexo), el equipo de ZEMOS98 decidió, el jueves pasado, aparcar por un momento el calendario preestablecido para su podcast y programa de radio Radioactivos y sumar su reflexión a este asunto.

Me pidieron que me sumara con algo que se relacionara con la música. Para ello escogí hacer un alegato contra el CD, apoyándome en unas declaraciones de Alejo Alberdi que se me quedaron fuera para el artículo sobre las cintas publicado en Público.

Esta es mi pieza: Escuchar en blipDescargar ogg.

Y este es el programa completo: mp3.

Como no me fío de mi capacidad para la improvisación, primero escribí lo que quería decir. Si os queréis ahorraros mi monocorde tono discursivo, podéis leer las notas en lugar de escuchar el audio en este google doc.

Anestesia, amnesia

Diciembre 13th, 2009 por elenac

El efecto de la anestesia no es como se pinta en las películas. Todos creemos que te inyectan un líquido transparente con una aguja y, unos segundos después, empiezas a ver borroso, mientras el anestesista te hace contar de diez a uno. Pero el paciente nunca llega al 1 y a eso dl 5 ya comienza a dormirse. Las sombras verdes de los médicos moviéndose se hacen indistinguibles y el paciente lucha por mantener los párpados abiertos. La mano de un enfermero se posa sobre el hombro del enfermo y le pide “relájese” con tanta naturalidad que el paciente se siente confiado y acepta cerrar los ojos.

Durante la elipsis no sabemos qué pasa pero imaginamos qué sueños o pesadillas acosan al enfermo anestesiado mientras los médicos hurgan en su cuerpo sin quejas ni movimientos extraños.

El paciente parpadea y advierte que las luces ya no son las del quirófano sino las de su luminosa habitación. Un bulto blanco se mueve a su alrededor, es la enfermera sonriente que le dice “al fin despierta usted”. Las figuras se van definiendo y el paciente despierta, al fin, y comprende que está de vuelta a su habitación y ya ha pasado todo.

Eso es el cine. Vayamos ahora a la realidad.

La enfermera me señala mi habitación. No tiene ventanas. Se parece a los boxes de urgencias pero grande y con puerta. Hay una cama, una mesilla y un asiento que parece confortable. “Desnúdate del todo menos las braguitas, te pones esa bata con la abertura hacia atrás, el gorro en la cabeza y las calzas en los pies”. Me deja dos copias del consentimiento que he de firmar antes de que me anestesien. Me ha dicho que lo firme, no que lo lea. Yo sé que no debo leerlo y hago esfuerzos por firmalo sin hacerlo. Pero encima de la firma dice claramente que he leído y he entendido lo que se dice en la hoja. Me armo de valor y me pongo a canturrear una canción de Kasabian. Ahí dice que me pueden romper un diente. Leo en diagonal buscando algo sobre el peligro de muerte. Vengo fantaseando con que no me voy a despertar de la anestesia nunca jamás.

Me quito la ropa con obediencia, tal y como me ha dicho. La bata no está mal, es azul oscuro. En el gorro de ducha prefiero no pensar, me lo puedo imaginar. Lo que es humillante son lo que ella llama calzas. Las calzas son estas medias que yo uso y que llegan hasta la mitad del muslo. Son las calzas largas que llevaba Pipi. Estos plásticos verdes en los pies son bolsas de plástico verdes para los pies. Me siento en la camilla y veo cómo me huelgan las piernas. Me miro los pies forrados con los plásticos verdes y digo “son un poco humillantes”. No para mí, sino para mis pies. Me compadezco de mis pies colgando desde la camilla, flotando en el aire, juntos, con las bolsas de plástico verde, balanceándose. La enfermera no viene.

Miro los consentimientos sin firmar sobre la mesilla de noche. Me aburro. Me dedico a escuchar las conversaciones de los médicos y enfermeros con otros enfermos. Oigo cómo una mujer de 65 años os sometida al mismo interrogatorio que me hicieron a mí hace un rato: ¿Cuánto pesa? ¿Cuándo fue la última vez que comió o bebió algo?

Han pasado quince minutos. Entra la enfermera y me pregunta si estoy preparada y si he firmado el consentimiento. No lo he hecho, no tengo boli. Me deja el suyo. Ahora, me dice, métete dentro de la camita. Yo me asusto cuando las enfermeras empiezan a usar diminutivos porque sé que es cuando llega lo peor. Asustada, me metí dentro de la camita. Tapada con una sábana cálida que al menos me impedía ver mis humillados pies.

“¿Te han hecho esta prueba alguna vez?”. Sí, le digo, y no lo pasé nada bien porque me la hicieron despierta. “Vaya, no te preocupes, que ahora no te vas a enterar de nada”. Entran dos buenos mozos a darme una vuelta montada en la camilla. Intento disfrutar del viaje, que en ese momento me recuerda a cuando me dejaban pasear dentro del carro por los pasillos del hipermercado. Nos paramos un momento, hay un paciente que dice que se va. Los enfermeros le preguntan cuándo van a venir a buscarle, que no se puede ir solo. El paciente dice que va a llamar por teléfono. Allí nadie le cree. Me meten a una sala verde llena de aparatos, encajan mi camita entre ellos. Me presentan a mi anestesista, es una chica unos diez años más joven que yo. Antes de que se cierren las puertas le grita al chico que se quiere ir que ni se le ocurra conducir, que no está en condiciones. La anestesista es guapísima, tiene unos ojos verdes maravillosos. “Éste se va a ir”, dice mi enfermera. “¡Pues como coja el coche y se de un golpe la culpa es mía por haberle anestesiado” dice, mientras me busca la vena en la mano de la mano derecha. Mi enfermera aprieta fuerte una goma alrededor de mi brazo y le contesta “la culpa será suya, no tuya, aquí hay muchos testigos que nos han visto decirle que no se puede ir solo. ¿Tú has venido sola?”, me pregunta a mí. Sí, he venido sola, pero vendrán a buscarme. “Ah, muy bien, porque no te puedes ir sola. Parece que hoy es el día en el que todos los pacientes han decidido que no necesitan venir acompañados”. Yo le digo que Alberto salía ahora de trabajar. “Bueno, entonces es el día en el que los acompañantes salen tarde de trabajar”, esa es la enfermera, intentando conjugar argumentos. “Seguro que ya está ahí”, me dice la anestesista de ojos verdes y añade “hoy lo único que te va a doler es el pinchazo que yo te voy a dar y ya”. Pero no encuentra la vena. “Bueno -me sonríe- te dije un pinchazo pero serán dos” . Yo le sonrío y pienso que a veces ser tan guapa tiene sus ventajas porque me cae bien y no me enfado con ella por no atinar con la vía a la primera. Entra el médico y se me presenta. Me preguntan por segunda o tercera vez ya, he perdido la cuenta, cuánto peso. Vuelvo a decir que 50, o algo menos. La enfermera aprovecha el momento para hacer un chiste “estás muy delgadita, yo creo que son menos de 50, y, con el miedito que tienes, seguro que has perdido algún kilo más”. Le sonrío torpemente el chiste. Le explica al doctor que estoy cagada de miedo porque sé lo que me van a hacer, que ya me lo hicieron hace tres años estando despierta. Es el momento en el que cuelo mi frase preferida sobre este tema: “es la peor perrería que me hayan hecho nunca”. No se me ocurre otra mejor, así que la uso siempre. Me miro la mano con la vía y cierro los ojos para no ver cómo meten la aguja. El doctor sonríe por mi comentario, claro, no me lo había escuchado antes. Abro de nuevo los ojos y un enfermero me pregunta qué tal voy. Le digo que bien, esperando. “Te puedes ir vistiendo”. Yo le digo que no, que no me han hecho la prueba aún. “¿Cómo que no?”. Insisto tanto que el chico sale a preguntar. Oigo que mi enfermera y el doctor se ríen a lo lejos y le dicen claro que sí, hace 20 minutos que me lo hicieron. No es posible, no lo recuerdo.

Aparece Alberto por la puerta, sonriendo con un gesto extraño. Creo que intenté convencerle de que no me lo habían hecho. Él insiste en que sí. Me dejo que me vista. Apenas recuerdo cómo me vestí, cómo entre los dos me vestí. A partir de ahí los recuerdos son intermitentes, como los lapsus de una borrachera.

La anestesia hace efecto en un segundo, no viene poco a poco. Tampoco se va poco a poco. Viene y se va rápidamente y, con ella, atrapa el tiempo como un agujero negro. No deja nada para sustituir ese tiempo. Cuando dormimos, sabemos que el tiempo transcurre. Es más, antes de mirar el reloj por la mañana tengo consciencia de aproximadamente cuánto tiempo he pasado dormida. La anestesia no es así, no imprime segundos en blanco sino que destruye el tiempo y empalma el segundo anterior con el segundo siguiente. El desconcierto es brutal. ¿Dónde va a parar ese tiempo? ¿He envejecido durante esos 30 minutos o el tiempo ha sido detenido en mí?

Y, ahora, me pregunto si estar en coma se parecerá más al sueño o a la anestesia.

Un botín entre los restos de un naufragio

Diciembre 6th, 2009 por elenac

Hoy ha aparecido en Público el primer reportaje que escribo para este periódico, espero que no sea el último. Mientras los grandes estudios de grabación embarrancan por motivos que conviene explicar en otro artículo, aparecen pescadores que aman su oficio, nostálgicos de eras más analógicas, que ven como entre sus redes aparecen tesoros.

Esta es la historia de un ingeniero de sonido que le da al play a unas cintas de bobina que estaban destinadas a la basura. En ellas aparecen canciones de Décima Víctima y Derribos Arias entre otros grupos. Pero no son grabaciones cualquiera,  son directos, tomas alternativas y rarezas que los amantes de la música de los 80, y también los mismos grupos, agradecerían el rescate.

Si no habéis comprado hoy el periódico, podéis leerlo online aquí o descargar el PDF aquí.

Un cinta perdida y hallada en el templo

LAS CINTAS PERDIDAS DE LA MOVIDA
El desmantelamiento de los estudios de grabación saca a la luz grabaciones perdidas de grupos de los ochenta
Elena Cabrera

Hubo un tiempo en el que grabar un disco costaba muchos millones de pesetas. Ese dinero iba a parar al estudio de grabación, al productor, al ingeniero, al técnico, al ayudante, las comidas, las cenas, los imprevistos. El grupo llegaba al estudio atemorizado por la discográfica, con el disco sabido de memoria e impresionado por una mesa de tres metros de largo, forrada de botones inexplicables. El músico primerizo se encierra en la pecera y toca la guitarra. De lo demás se desentiende.
Este cuento de hadas ya no existe. Es más, esos grandes estudios tampoco funcionan ya, han desaparecido junto con otros muchos daños colaterales de la crisis de la industria discográfica. El cambio de modelo de negocio prescinde de los estudios, sus profesionales y sus equipos, que son saldados, descuartizados, desmontados por piezas, regalados. Los dueños abandonan los locales y, en ese proceso, puede aparecer cualquier cosa.
En uno de esos cierres, 350 cintas cubiertas de polvo, mohosas y sin etiquetar podrían haberse tirado a la basura si alguien no se hubiera preocupado de darle al play. El ingeniero de sonido Ángel Álvarez, conocido como Ángel Algarz, compró un magnetófono de un estudio que saldaba sus restos y, con el aparato llegaron todas esas cintas para que grabara encima. Esas cintas de bobina escondían un tesoro: grabaciones perdidas y sin clasificar de grupos de los 80, sobre todo de la Movida Madrileña. Inéditos, directos o tomas alternativas de canciones muy famosas, como Branquias bajo el agua, podrían haberse perdido para siempre.
En la época dorada de los estudios, Ángel se dedicaba a montarlos. Ahora se dedica a desmontarlos. El pasado verano le encargaron la desmantelación de los legendarios estudios Track, uno de los últimos grandes. Una enorme mesa de 48 canales y dos toneladas de peso presidía la estancia principal. Cuando la instalaron, tuvieron que derribar una pared para luego volverla a levantar. Para los dueños, destrozar el inmueble no era la mejor opción antes de abandonar el local, por lo que Algarz fue llamado para desmontar la mesa por piezas y recuperar el costoso cableado.
Algunos de los estudios madrileños que han cerrado en los últimos años, como Kirios, Track, Box o Eurosonic, han servido para montar otros más pequeños y privados. Eugenio Muñoz abandonó su trabajo en Track para emprender la aventura de fundar su propio estudio, Box, que acabó cerrando hace cinco años cuando “la industria fue a peor” y el poco trabajo que había era insuficiente para mantenerle, explica a Público; ahora se dedica a los directos, con Rosendo, donde sigue habiendo negocio.
La casa de Ángel está llena de viejos aparatos. Al abrir un armario, donde en otras casas se guardan abrigos y mantas, él tiene cajas de metal y cables. Donde debería haber un segundo cuarto de baño, él guarda amplificadores y sintetizadores. Si además de un amante de la tecnología no lo fuera también de la música, las cintas que llegaron a sus manos no habrían sido identificadas. “Algunas estaban etiquetadas y otras no y resulta que ahí hay demos de prácticamente todo el mundo”, dice. Con “todo el mundo” se refiere a lo más granado de la Movida y la nueva ola ochentera. “Hay grabaciones en directo, de muchas procedencias, tampoco quiero decir los nombres de absolutamente todo pero hay material de Décima Víctima y de Derribos Arias”.
El hallazgo de las cintas de Ángel vendría a ser como la maleta mexicana de negativos del fotógrafo Robert Capa, recientemente encontrada y que permite acceder a los films originales, la secuencia de descartes de la foto del miliciano e incluso fotos inéditas nunca publicadas. “La cinta de Derribos Arias suena bastante chungo pero aún así yo lo editaría”, explica mientras le da al play y comienza a sonar la voz de Poch en una versión nunca oída de Branquias bajo el agua. Es emocionante escuchar esa voz delirante cantando la letra con una melodía diferente a la que conocemos. Por encima de la música se escucha un zumbido que el técnico aclara que se puede eliminar. En otras ocasione la cinta gime y parece que se fuera a romper. “Yo no tengo prisa por deshacerme de estas cintas, pero sí por digitalizarlas, porque algunas están en muy mal estado, ese tintineo que se escucha es debido a que las cintas estaban llenas de humedad. Esta de Derribos Arias es una grabación doméstica hecha sobre una vieja cinta de la época, comprada en los años 60. Esto se grabó en los 80, así que ha sido reciclada un millón de veces”.
Entre el material rescatado se encuentra un tema titulado Derribos Arias, cuya versión original duraba diez minutos, pero que en la grabación encontrada se alarga hasta los 25, un descarte de la discográfica que en un disco de vinilo no hubiera podido editarse pero que hoy es una joya para los coleccionistas y fans del grupo.
Alejo Alberdi, miembro de Derribos Arias, no ha tenido oportunidad de escuchar esa grabación pero piensa que “la original pudo sacarse de un corta y pega de esta” aunque si ya le “cuesta escuchar la del disco” no sabe si podría “con esa suite de 25 minutos”.
El sello Munster se ha ganado el cielo para muchos aficionados gracias a sus intachables reediciones de discos inencontrables. Íñigo Munster, su director, planea editar algo de este tesoro, pero “está todo en fase embrionaria”, aclara. Íñigo está en conversaciones con Alberdi para estudiar una edición en vinilo de materiales encontrados. “No creo en el CD, me parece un formato obsoleto” afirma el músico, “pondríamos las canciones en internet en mp3 para el dominio público, con un PayPal para que la gente deje la voluntad, pero no tienen ningún sentido intentar proteger eso”. Alejo y su compañero de grupo Juan Verdera están reuniendo todo el material inédito de Derribos que pueden encontrar, ese futuro disco “desmentirá totalmente la fama de grupo desastre que teníamos, porque hay cosas muy potentes y muy bien tocadas”.
Íñigo valora la aparición de estas cintas como “muy interesante” ya que, en el caso de Derribos Arias, es un material “muy primario” que serviría para “dar perspectiva”. “El problema con España -explica el jefe de Munster- es que no hacemos como en otros países, cuando ellos hacen una edición definitiva se preocupan de meterle inéditos, tomas alternativas y rarezas que enriquecen mucho el disco”.
Ángel muestra la caja de una cinta con un post-it pegado que dice “Hombres G, 4 pistas, Rockola”. Se trata de un directo grabado en esa sala a principios de los 80. Debajo hay otra, corresponde a un máster perdido del primer disco de un grupo de folk cuya discográfica tuvo que pasar un vinilo a CD para poder reeditarlo, mermando notablemente el sonido. Si esa cinta no hubiera sido recuperada cuarenta años después, la calidad original de ese disco se habría perdido para siempre. Debido a la diversidad de procedencias, el técnico piensa que estas cintas pudieran haber pertenecido en el pasado a “un coleccionista privado”. Otros grupos identificados hasta ahora son Esclarecidos, Kaka de Luxe, o los Zombies, el grupo de Bernardo Bonezzi, con un directo de 1979.
Décima Víctima editó sólo dos discos y algunos maxis pero fueron el mejor representante español de la ola fría que invadió Inglaterra tras el punk. Hacían una música elegante de letras inquietantes. Sus discos, en cambio, sonaban muy mal a pesar de contar con la producción de Paco Trinidad, productor onmisciente de la música española en los años 80. El sello Munster editará el año que viene una caja recuperando toda la discografía de Décima Víctima en tres discos de vinilo. Para el tercero de ellos se planea la inclusión de algún inédito recobrado.
Carlos Entrena, cantante de Décima Víctima, ha intentado escuchar esa cinta entera pero no lo ha conseguido porque no le gusta oírse con la voz sin efectos, “mi voz suena a parroquia y no disfruto escuchando cosas así”. Rastreando el origen de esa grabación, él cree que se trata de una demo grabada en el garaje de unos familiares de Paco Trinidad, con el grupo tocando todos a la vez. Esta demo se realizó, según explica Trinidad, para “mostrar a la discográfica que allí había un disco”, y ese disco era el segundo de la banda, Un hombre solo, de 1983. “Me compré un cuatro pistas Tascam -recuerda el productor- que era como un mueble bar y con eso nos fuimos al garaje de un chalet y ahí, con tres micros, grabamos esas cintas de trabajo que servían para ver cómo se puede avanzar. Pero no tienen la calidad de las grabaciones, no estaban hechas para enseñar”.
Las canciones encontradas tienen letras diferentes a las que conocemos, “letras eventuales”, las define Entrena, escritas por el guitarrista de la banda, Lars Mertanen, en lugar de por él mismo, que era el poeta del grupo. “He escuchado la canción Un hombre solo y está bien y tiene fuerza porque suena en vivo pero son cintas privadas, muy personales, que todavía no sé si serán un valor añadido para la caja que va a editar Munster”.
Hace dos años se publicaron las cintas de trabajo que el fallecido productor de Joy Division, Martin Hannett, guardaba en su casa con tomas falsas, ensayos en el estudio, intentos de la batería ajustándose al metrónomo, varias versiones de la misma canción, momentos en bruto del mismísimo instante de la creación de un sonido que luego pasó a la historia. Ese material apareció oficialmente en un doble disco de vinilo de 180 gramos, limitado y numerado a 1.000 copias. Eso es lo que el coleccionista desea y por lo que está dispuesto a pagar.
“Ahora parece que todo se hace en plan making of, para enseñar”, es la pornografía de una era que lo necesita todo al instante, dominada por la inmediatez, “aunque en aquel momento no fueran más que herramientas de trabajo”, señala Paco Trinidad.