6. De la tortura como una de las bellas artes

Una playista profesional, en el verano del coronavirus, miraría la app de ocupación de playas antes de salir de casa. Yo, que no soy más que una amateur, paso de hacerlo. Por tanto, de nada sirve lamentarse ante el semáforo rojo que impide la entrada por abarrotamiento.

Cada ayuntamiento ha inventado para sus playas un método diferente. Hay quien ha preferido parcelarlas, como si fueran campings, contratando personal para ejercer de acomodadores: llegan las familias y, según lo numerosas que sean y la edad media de sus componentes, te llevan a un sitio o a otro. Leí que en algunas playas a punto estuvieron de instalar un sistema de cita previa, como ya existe para visitar la espectacular Praia das Catedrais, a la que habría que acudir con un código QR. (Es curioso como el QR, al cual habíamos dado por muerto tanto como el láser disc o la pulsera rayma, se ha convertido en el personaje antagonista del coronavirus). No puede haber algo más desalentador, anticlimático y cortarrollos que pedir cita previa para ir a la playa. En otros sitios la playa es un valor seguro pero, en el norte, uno mira al cielo y dice: «venga, vamos», y tienes que bajar ya porque lo mismo en dos horas se nubla o arremete un viento atlántico que lo hace desapacible, o te llega el nordés y te lo llena todo de niebla.

Esto es solo el principio. Sigue leyendo haciendo clic en este enlace. Este artículo pertenece a la serie El verano del coronavirus, publicada en eldiario.es
Todas las ilustraciones de la serie han sido realizadas por Isa Ibaibarriaga.
Lee la seria completa aquí.

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