¿Ketal?

Clarísimamente, sigo en modo ecos de sociedad. Al que le aburra basta con leer directamente las negritas y así se salta la paja. Hoy me levanté tempranísimo (para ser sábado y estar en paro), a las 8:30 para poder planchar sin licuarme por el calor. Me ventilé dos lavadoras mientras veía La máscara de la muerte roja, de Roger Corman sobre relato de Edgar Alan Poe (qué grandísimo está Vincent Price y qué bonita película llena de símbolos). Puede que planchar no sea un arte de mucha clase, a no ser que vivas en mi casa y veas una película como esta.

Después comí en la terraza sindical con las escritoras Carolina León y Lola Almeida, su madre. Le hice a Carolina la propuesta de la que os hablé ayer y dijo sí.

Volví pronto a casa (vale, algo sencillo incluso para una muchacha tan dura de horarios como yo, teniendo en cuenta que la terraza sindical se encuentra en el pasaje contiguo al mío) ya que teníamos invitados en casa a la hora del té. Hace un rato, Mayte me decía que me perdonaría algunas de las cosas que he dicho si contaba en mi blog alguno de sus chistes:

-Se abre el telón y vemos un barco (no un camión, sino un barco) lleno de yeso hundiéndose en el mar. ¿Cómo se llama la canción?
-La Marsellesa.

¡Es probable que escrito tenga aún menos gracia que contado!

Mayte trajo un bizcocho riquísimo que ella misma hizo. También vinieron Iñaki y José Ramón (y trajeron helado). Viejos compañeros de andanzas de Alberto (y Mayte también de alguna mía), tanto Alberto como yo acabamos sacándoles fotos donde ellos salían. Se contaron muchas historias del pasado, también muchas del presente, y nos reímos mucho. Hablamos tanto del barrio, de los locales y de la gente que casi parece el centro del mundo. Después, Alberto se fue a trabajar y  yo les acompañé a una terraza de nuestro barrio de Prosperidad, junto a Vanessa y Marta. Una vez allí, les fustigué vilmente con mi radical activismo vegetariano, antiespecista y anticapitalista. Probablemente les di la noche (todos ellos son omnívoros y viven con mascotas), pero es que cuando empiezo no puedo parar. «Estas cosas no las digo en la primera cita», le dije a Mayte. Y luego es mentira, en realidad sí las digo, en cuanto me tiran de la lengua. Ahora mismo me estoy acordando de aquella comida que les di a los del Zemos98. Yo creo que con comida delante debe sentar aún peor.

Me he vuelto a casa a las doce en punto, como las cenicientas, algo triste, no sé porqué. Quizás porque milord está fuera, trabajando.

Como espero que todos ellos acaben pasándose por mi blog, les mando un saludo desde aquí, ¡me lo pasé muy bien!

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