A bailar tango

Me voy a desbordar.

Llevo bebiendo días y días y días. También algunas noches. Estoy tan llena que pienso en el sueño como un agradable escape en el que vaciarme en silencio y muy despacio. Pero, si sigo despierta, voy a reventar.

Mañana tengo que hacer una entrevista que me atrae y me incomoda. Una entrevista a la que, como a cualquier examen, voy mal preparada. Es justo eso, lo veo ahora: se parece más a un examen que a un trabajo. Como si él me fuera a poner nota a mí, a pesar de que soy yo quien va a hacer las preguntas. A pesar de eso, voy con la cabeza gacha, como si me hubieran puesto un 3 antes de entrar al aula.

Ya me decía mi madre que mi problema es que no me creo que voy a aprobar, que no sé que me lo sé. Por supuesto, lo negaba tajantemente: ya estaba yo bastante deprimida como para autohumillarme. «Ve a por el sobresaliente», me decía mientras ponía la mano sobre el pomo de la puerta. Al cerrarla tras de mí, ya se me caían las lágrimas antes de que se abriera la puerta del ascensor. Una vez dentro, veía mi cara roja en el espejo. Y bajaba los ojos. Maldición. Con ese cuerpo entraba al examen. A por el sobresaliente. Ya. Un 3, un 4, un 5 con suerte. En general, he sido siempre una examinanda deplorable. La gran decepción de mis mejores profesores. Señorita Cabrera, usted sabe nadar y guardar la ropa. Todavía no tengo ni idea de qué quiere decir eso, pero salí de la sala de profesores pensando que significaba algo. Y veinte años después ya sé que no significa nada.

A pesar de tanta confusión, yo creo que a las entrevistas no voy a por el sobresaliente sino a nadar y a guardar la ropa, no necesariamente en ese orden.

Perdonad por el desahogo. Me estaba desbordando.