Antologías generacionales

Twitter está bien, pero no es suficiente. Por eso agradezco que sirva como lanzadera hacia algún sitio y desarrollemos las ideas en un lugar menos fast food. Aunque debatimos en Twitter (y queda recogido en el Storify de más abajo), nos hemos parado a escribir esto (yo), esto (Antonio) y esto (Constantino). Gracias de nuevo porque el tema me apasiona.

Leo a Constantino y pienso que aún me queda mucho que aprender sobre la lucha de clases para manejar los conceptos con mayor precisión y así explicarme mejor y hacer más comprensible lo que escribo. He sido marxista toda mi vida sin saber qué era el marxismo. Nunca recibí una educación ideológica, ni en la casa ni en el barrio ni en mi feliz colegio de monjas. Y, aunque me habría venido bien para explicar lo que nos estaba pasando, estaba claro que algo nos estaba pasando.

Esta revelación sobre quién somos, esta -llámala- conciencia de clase, siempre estuvo ahí (en los viajes que no podíamos hacer, en las opiniones que no salían del salón, en el reducido ámbito de actuación de la nómina de mi padre como trabajador en una central de Telefónica, en los mensajes subliminales y directos: da igual lo que hagas, nada va a cambiar) pero era tan invisible de lo evidente que era que tardó en hacerse visible.

Mi pasado (dónde estudié, qué leí, qué hice, dónde milité, qué escribí, qué no pude hacer), mi ser en sí, podría ser mi credencial de clase, ¿verdad? ¡Oiga ustedes, que yo crecí en San Blas! ¡Que mi padre era mecánico! ¡Que nos compramos un Seat barato endeudándonos! Por recoger ese «juego de factos arrumbado en el baúl de las antiguallas» soy consciente de que, aun siendo yo las elecciones de mi pasado, mi conciencia se proyecta hacia el futuro y en mi ser para-sí podría ser cualquier otra cosa diferente…

Bueno. Ejem. La verdad es que eso no me lo creo del todo (lo siento, Sartre). La persona humana es el ser que, al elegir, se elige. (Vale, pero). Estoy tan condicionada por mi pasado (me pesa tanto) que se me hace muy difícil considerar mi conciencia libre como para ser cualquier cosa en el futuro.

Esto es lo que sé del en-sí y para-sí, así que supongo que necesito que Constantino me explique mejor el juego de factos de la mayoritaria mayoría, ese 99% al que alude Antonio.

Cuando hablamos de clase, hoy, entiendo que no estamos hablando del nivel de renta. Mi ejemplo: el año pasado gané 6.000 euros. Pero hace diez años ganaba 30.000. ¿Soy una desclasada? ¿Fui clase media y ahora soy clase baja? Me cuesta entrar en esas categorías cuando hace diez años ganaba 30.000 como discreta asalariada de una multinacional y hoy gano 6.000 firmando con mi nombre propio artículos en periódicos que tienen la intención de ser influyentes. Tengo compañeros en uno de estos medios (Eldiario.es) que poseen acciones en la empresa. Yo no. Yo no soy más que una colaboradora, no soy una asalariada. Pero soy mucho más que una asalariada porque soy también un nombre que firma artículos aquí y allá. No llego a fin de mes. No soy copropietaria de ningún periódico (no soy dueña de ningún medio de producción) ni tampoco empresaria, aunque el Estado me considere como tal al obligarme a ser autónoma para cobrar mis colaboraciones. Soy proletariado porque vendo mi fuerza de trabajo por dinero. No soy burguesía por eso. (En fin, Marxismo 101). Pero soy muy consciente del peligro que manejo al ejercer el periodismo.

Pero lo que nos interesa es nadar en el mundo de los matices. ¿Empuñar un arma de la clase dominante para conseguir aspiraciones de la clase dominante (la que controla los medios de producción Y el mensaje Y el discurso Y las estrategias dominantes) no te abre una vía para el desclasamiento (hacia arriba)? Y con esta pregunta no pretendo ser la Stasi de las clases sociales, como me ha parecido entender que piensan de mí Antonio y Luna (por su manera de revolverse en Twitter). Ellos han entendido que yo acuso a todos los que firman una antología y también a sus editores de burgueses dominadores del mundo. Y, claro, por alusiones, se han ofendido (Luna se siente dolida y malinterpretada, ella y sus amigos [ver Storify]). Lo de la ofensa es curiosa y signo de estos tiempos en los que conviene a nuestra imagen ser 99%, ser 15M, ser oprimido, ser mismo barco, ser Podemos. Da malísima imagen (hasta de «hipócrita») ir por ahí diciendo que tienes poder, cualquier tipo de poder.

Mi razonamiento es: antologar es escoger una élite (unos elegidos) de entre todos y darles la visibilidad del foco. Eso hizo Gerardo Diego y, aunque escogiera a los poetas indies del momento, les fue fenomenal porque los que no fueron escogidos se quedaron fuera de los libros de texto. No los leemos. Cualquier antología generacional se basa en esa lógica, por mucho que se dedicara a antologar a todos los que Gerardo Diego dejó en el banquillo. O aunque viniera posteriormente otra persona a antologar a los que ni siquiera estaban sentados en el banquillo, aquellos a los que nadie abrió las puertas del estadio.

Por eso digo que la antología es una herramienta, un arma, de la clase dominante. ¿La quieres usar? Pues vale. Pero si te sientes «99%» (por seguir con el concepto de los Occupy) también deberías sentirte incómodo con la herramienta «antología» y preferirías no usar las tácticas de los dominantes sino otras que se adapten mejor a unas formas más horizontales de comunicarse. O, al menos buscarlas. Cuando Antonio me pregunta «¿cuáles son?» yo le contesto que hay que pensarlas en común. Hay que crearlas. Aunque algunos ya están en ello.

Pero el tema que a mí mi interesaba en mis artículos para El Estado Mental es el concepto «generación» y eso me llevó a las antologías generacionales. El debate, en cambio, fue por las antologías y no por las generaciones. Mis argumentos van contra las estrategias publicitarias del muy discutido concepto de generación, que sirve para aupar élites y esconder lo que no vende. Cuando Constantino apunta que generalizo y Antonio y Luna dicen que meto todo en el mismo saco, el primero me pone como ejemplo el Romancero General de la Guerra de España y los dos segundos una multitud de antologías publicadas últimamente por editoriales independientes, algo «de dudoso gusto». Creo que ya me he extendido sobre porqué no me convencen las herramientas de las grandes corporaciones usadas en pequeños mercados. Pero quería decir algo sobre los romanceros de la guerra, como el de Emilio Prados o Poesía de las trincheras, que es del mismo 1937. Entiendo que estos dos no son «estrategias de política cultural generacional» según se refiere Gil de Biedma a los Novísimos, por ejemplo. Son una estrategia de lucha de clases (o sea, de la Guerra Civil Española) desde el bando del proletariado. No veo a una editorial buscando un pelotazo, como Barral. Veo a un bando usando las mismas armas del bando contrario. ¿El campo de batalla era la encimera de la librería? ¿Peleaba la literatura de Ramiro Ledesma contra los poemas de Antonio Aparicio? Sí, se enfrentaban, pero en una situación de guerra ideológica, guerra por la vida, por la tierra, por el Estado.

¿A quién sirve la antología? ¿Funciona clonar las estrategias del enemigo (ejem) si estás en el bando que lleva las de perder? No lo sé, pero…

…¿Estudiamos en el cole el Romancero General de la Guerra Española, el Romancero del Ejército Popular, la Poesía de la Guerra Civil Española? Yo no lo hice. Supongo que porque la guerra la perdió el bando equivocado.

Total, que me encanta el ejemplo de los romanceros, y me vale para cuestionarme pero no me vale del todo.

Actualización (25/9), de parte de ZEMOS98, este estupendo vídeo sobre las generaciones y la juventud:

Y aquí, el prometido Storify:

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