Camping Circo Romano

Al salir de Madrid por la carretera de Toledo el paisaje se vuelve árido, visto desde el asiento de atrás del coche. Árido es todo hasta los nombres de los sitios que leo en las indicaciones. Como Illescas, Yuncos, Yunclillos. Pueblos que suenan a amarillo y seco, como juncos sin regar que se quiebran y se rompen. A eso me suena a mí ese territorio que separa Toledo de Madrid, que no es de ellos ni nuestro, es del sol y los labriegos. Los rótulos de las naves industriales también amarillean y salpican el viaje con hormigón y cansancio, tres aquí, dos allí, luego cinco, luego nada, nada, nada, nada, luego tres, cuatro, ocho, un polígono. Espero aburrida mirando por la ventanilla del lado derecho a que aparezca el Camping Circo Romano, que me evocaba ya entonces los recuerdos de un lejano verano feliz en el que mi padre se burla de la parte de arriba de mi bikini, y me hace llorar y rabiar, mientras me cobijo en el colo de mi madre. Mi abuela aún viva sentada en una silla plegable, inmóvil y quejosa, pero aún viva. Botellines de Mahou para los hombres y mujeres friendo la tortilla sobre el Camping Gas. Los paseos en bici con ruedines por los caminos de tierra y piedras que dividen las parcelas, la humillación de caerme durante la filmación en Super 8. Esos niños, mis amigos, chavales altos, bajitos, rechonchos, palillos, sucios todos, extraños, lejanos, cada uno con su acento raro y sus líderes y sus asambleas. De todo eso me acordaba aún con mucha más vivacidad que hoy al pasar de largo por delante de la puerta del Camping Circo Romano y sus banderas de bienvenida. Ese punto del camino indicaba que la ciudad estaba próxima.

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