Lo que el Futuro no es

26 Abril 2013 por elenac

Todos estos años que venimos cumpliendo desde el año 2000 son de supervivencia. Al ir a fechar un documento me he sorprendido escribiendo un 13 al final del año. Quiere decir que ya son 13 años sobreviviendo de más. Si a nosotros, los jóvenes finiseculares no nos hubieran inculcado nuestros mayores esa fascinación y mito por el año 2000 y sus tintes apocalípticos, nos hubiera sido más fácil seguir viviendo, en lugar de sobreviviendo.

En las dos últimas décadas del siglo pasado todo tipo de productos se llamaban 2000. Una inmobiliaria, un modelo de zapatilla, un vagón de metro, una papelería, una catástrofe informática. El Futuro se llamaba 2000. Y, tras 2000, no había nada, 2001 era una película antigua, no existía más allá.

Quizás motivada por la intuición de estar llegando al borde, me mudé a otra ciudad en 1999. Pero regresé a Madrid en 2000, cuando el peligro del fin del mundo parecía haberse superado. Como si el apocalipsis sólo pudiera suceder en Madrid.

Dicen que esta tarde lloverá.

Siempre me miras de la misma forma

5 Octubre 2012 por elenac

No, no escribo mucho, eso es verdad.

No tengo mucho tiempo.

Además, tampoco me siento cómoda.

Pero esta noche estoy recordando este vídeo en el que Carmen Martín Gaite dice que cuando no puedes conversar, escribes. O algo parecido.

Si pudiéramos hablar bien no escribiríamos, dice. Y también añade que, cuando no encuentras ese interlocutor, te pones a escribir.

La búsqueda del interlocutor es todo un tema. Sobre todo si eres Carmen Martín Gaite. Para todos los demás, la búsqueda de interlocutor es una tragedia. Ni tema ni hostias. No hay. No existe. O monologas o escribes.

Yo no sé monologar. Yo solo sé enredarme.

Cuando estoy muy desesperada le pido a alguien que me haga alguna pregunta. Pero me toman a broma y no me las hacen. A mí, la periodista, la de las preguntas. A mí, la opaca, esa que se lo guarda todo, resulta que a veces quiero, no, necesito, que me hagan buenas preguntas, o me muero.

Pero no me las hacen. Yo qué sé. En este país no se puede pedir nada. (En otros, tampoco).

Es como cuando les pido que me lean. Y no me leen. Hay dos personas a las que les pido que me lean pero no sé muy bien si no quieren o si no me toman en serio.

A mí también me gusta leer en alto pero nunca nadie me pidió que lo hiciera. A Eleonor le intento leer pero ella prefiera jugar a cerrar el libro que tenga entre mis manos. Aunque a ella le gustan mucho los libros, eso me hace muy feliz. También le gusta la música. Y eso ya me parece brutal.

Recuerdo Leipzig

4 Abril 2012 por elenac

Estos días lluviosos de Madrid son como aquellos en Leipzig pero sin conciertos maravillosos.

Qué fastidio produce toda esa gente que quiere parecer inteligente

23 Marzo 2012 por elenac

Se trata de una de mis canciones favoritas de La Mode, que traigo a colación de una manera un tanto críptica porque me he dado cuenta hoy de que explica algunas de las cosas que vengo pensando estos días:

Cómo los medios condicionan tu vida

14 Marzo 2012 por elenac

Vía Carmen Escobr / Mafia Coñega.

Dedicado a mis vecinos

14 Octubre 2011 por elenac

Curso de preparación al parto: tres libros y una película

15 Septiembre 2011 por elenac

Por estos días, hace un año, me quedé embarazada. Hace tres meses que nació Eleonor, así que prácticamente llevo un año inmersa en estos apasionantes asuntos de la maternidad. He descubierto que, a pesar de que tenemos manuales para casi todo (sabemos cómo contrainformar guerrilleramente, cómo hackear una consola, cómo montar un ladyfest o cómo autorrepararnos la bici) las mujeres (y también los hombres) tenemos que seguir los cauces establecidos para convertirnos en ese formato distinto de fémina que hemos dado en llamar madres. Y esta función de madre desplaza a algún rincón de la memoria las otras funciones que tuvimos como personas.

Tus otras ocupaciones quedan desatentidas y latentes porque no hay tiempo para más en los primeros meses de vida de un bebé. Afortunadamente en los estados sociales como el español pagamos entre todos un dinero mensual a las madres -que anteriormente han cotizado- para que no estén obligadas a seguir trabajando y puedan cuidar los primeros pasos en la vida de unas personas que no saben hacer nada más que los procesos fisiológicos más básicos. En mi caso, me pagáis entre todos 746,76 euros al mes, durante cuatro meses. (Dado que es un dinero público, creo que es justo decirlo).

Dentro de un mes, cuando se acabe esta asignación de la Seguridad Social, tendré que volver a trabajar, tecleando mis artículos con la mano derecha mientras le doy el pecho a Eleonor con la mano izquierda.

Pero esto no me da tanto miedo como el que me produce comprobar que, al finalizar la baja maternal, muchas mujeres siguen siendo sólo madres en su cabeza y todo aquello que desplazaron se quedó enterrado en la memoria. Y van a trabajar y sufren grandemente, porque lo único que desean con pasión es estar en casa cuidando a sus hijos.

¿Y porqué critico esta dedicación, que desde algún punto de vista es una loable abnegación? Porque he visto a demasiadas mujeres mayores con hijos mayores vacías de propósito. Porque cuando los hijos les crecen y ya no las necesitan ellas ya no tienen nada y dedican su inteligencia a urdir planes que pospongan (financieramente, afectivamente…) la dependencia de los hijos. Es decir, ser madres, la cosa más importante de sus vidas, echó sus vidas a perder.

Y no hay manual que te prepare contra eso.

Otro asunto preocupante es cómo se ha instalado en la moralidad que si una mujer con hijos no DESEA dedicarse a ellos por completo, es una mala madre, aunque se diga con tono humorístico. Se dice que ella es buena madre o él es buen padre como un título que te dan en la escuela de la abnegación. Y si no, repasad en vuestro inconsciente o encuestar a vuestros allegados.

¿Por qué soy yo peor madre, que quiero con locura a mi hija Eleonor, pero deseo tratarla como una igual y no como una subordinada de mi vida, que otras que dicen que los hijos les han hecho “mujeres completas”?

¿Dónde están los manuales para una maternidad feminista? En algún lado estarán, pero no al alcance de todas. Yo no los conozco.

Los que vienen a continuación no podemos llamarlos manuales pero sí es cierto que echan una mano. A mí me ayudaron durante el embarazo, mientras pensaba cómo sería nuestra vida después del parto:

Nueve lunas, de Gabriela Wiener

¿Cómo afectan los nueve meses de gestación en la vida de una periodista freelance? Esto podría ser mismamente mi vida, pero el libro lo hizo Gabriela Wiener, escritora y reportera gonzo, peruana afincada en Barcelona. En resumen, una tía que me cae muy bien. La transformación del cuerpo, la relación con el sistema de salud, la influencia del dinero, los cambios hormonales, la verdad sobre el componente gore de la gestación y el parto, la relación con su pareja, etc son aspectos que las gestantes hemos vivido pero pocas hemos literaturizado sin huachaferías.

Leer con niños, de Santiago Alba Rico

¿Para qué sirven los niños?, ¿para qué sirven los libros? Yo también me hacía esa pregunta. Libros y niños están muy relacionados. ¿Necesitará mi hija aventuras para interesarse por el mundo? ¿Cómo debo prepararme para que el Capitalismo no capitalice a mi hija? En el libro de Alba Rico encontré algunas pistas sobre la colectivización del espacio de lectura del que quisiera que Eleonor formara parte.

La memoria de las hormigas, de Iolanda Batallé

Una periodista cultural de cierto éxito lo deja todo y se va a vivir con su marido y su hija a un pueblo costero. Cambia redacciones y actos culturales por un tractor con el que limpiar la playa y hacer dibujos en ella. Me gusta la relación de Joana con su hija María, de seis años. Joana se ha dado cuenta de que la escuela y el trabajo son lugares que sirven para alejarnos de las grandes preguntas e impedirnos pensar. “La vida es un gran complot para evitar que hagamos algo de provecho”, dice. Pero ahora, de noche y junto al mar sí puede pensar en su hija, en su abuela, en sus amigas perdidas y sus pasadas relaciones.

La piel dura, de François Truffaut

Escribió el director que “La piel dura quisiera plantear esta pregunta: ¿Por qué se olvida tan frecuentemente a los niños en las luchas que emprenden los hombres?”. La película nos habla de cómo crecen los niños, de cómo son según les educan sus padres, de cómo influye en ellos el dinero, de cómo reaccionan ante el miedo y la culpa (o en la ausencia del miedo y la culpa). “Los niños son como una roca, tropiezan por la vida sin quedar lastimados. Ellos se encuentran en estado de gracia y eso les permite tener la piel dura. Son mucho más resistentes que nosotros”, dice un personaje.

Reserva natural integral

27 Agosto 2011 por elenac

“Muy absorbida debes de estar con tu otra vida para que no actualices tu página” me han dicho, un par de veces, en las últimas semanas. Y tienen mucha razón. Ahora que tengo una hija de dos meses de vida (ale, ya lo he soltado) casi toda mi conectividad ocurre en la pequeña pantalla del móvil mientras hago otras cosas o aprovecho lapsos de tiempo. Acercarse al ordenador es difícil, incluso para limpiarle el polvo que acumula con voracidad. Pero eso pronto tendrá que cambiar. Un mes más y debo volver a mis artículos, a mi blog, a mis palabras expandidas hasta la últimas letras, con sus acentos y todo, a escribir con los diez dedos y no sólo con los pulgares, a trabajar, en definitiva.

Pero, mientras tanto, sigo de baja maternal. Amamanto con fruición -las viejas me dicen “qué bien criada la tienes”, las mismas viejas que me deseaban “una horita corta”, las mismas que se comen los mofletes de mi hija y le agarran los pies despatucados- y leo con la otra mano, repaso Twitter con la otra mano, zapeo por los 300 canales de Imagenio con la otra mano. Hasta que hay que sacar los gases, que para eso necesito las dos manos. Y si hay que cambiar el pañal ya ni tele ni música ni móvil ni nada, que hay que ir al cambiador, saca toallita, limpiar la caca, poner pañal limpio, cerrar el body. Y si me mira a los ojos y se ríe, me suelta dos “ajos” mientras deja caer las pestañas y a la vez hace ese giro tan mono de hombros y caderas, entonces, ya sólo me importa ella, y la miro y la río y la canto y se me derrite el cuerpo y se me empapa la mirada. No sé cómo se puede ser tan bonita. De dónde ha salido una niña como esa.

Y así se pasa el verano. Viajando, veraneando, por la península. Dice un paisano de Cadaqués en este programa tan bueno de TVE que se llama El Escarabajo Verde que antes de que los turistas se llamasen turistas se llamaban veraneantes. Ya puestos a insultar, yo prefiero veraneante que turista, que parece que siendo lo primero te importa todo un poco más, o te quedas más rato, o es que vuelves al verano siguiente. Nosotros hemos ido a las casas de la familia en el Atlántico y en el Mediterráneo. Y un poco también en la Sierra, que es donde vamos los burgueses de Madrid que no tenemos pueblo al que marchar los fines de semana.

Tanto trajín me deja mucho tiempo para pensar. Y para hacer planes…

Recordatorio: contra sus vísceras, humor

7 Junio 2011 por elenac

Esto también es antiguo (27 de mayo), pero igual estábamos en otras cosas y se nos pasó. El Jueves nos recuerda que en lugar de vomitar frente al espectáculo ultraconservador de las cadenas de la TDT, es más sano para el sistema digestivo reírse de ellos:

Mercado de Canillejas

2 Mayo 2011 por elenac

#meacuerdo del frescor del mercado. De ir siempre por detrás de mi madre o de mi padre, rezagada por culpa de las luces y los rótulos sobre los productos, escritos con tiza en las fruterías y con numeritos de plástico en las carnicerías. Me acuerdo aún de la sonrisa gigantesca de Juanito, el pescadero, el hijo de Don Juan, y de mi madre traduciendo minchas por bígaros y gallos por meigas.

Recuerdo bien nuestra frutería, nuestra porque tienes una y no vas a las otras, aunque te vendan más barato. Cada vez era más grande porque se anexionaba puestos, les iba bien. Durante años me dejaban coger judías verdes para comerlas ahí mismo mientras esperábamos el turno durante larguísimos minutos. Los mayores conversaban con los vecinos y las vecinas mientras yo le pegaba un mordisquito por arriba y otro por abajo para quitarle los rabitos a mi judía verde, enorme y fresca. Tan rica. El frutero, un hombre bajito, nos atendía desde una atalaya muy alta y con cara seria me regalaba frutas para que las probase. “La niña tiene que crecer”.

En frente estaba la carnicería, por lo que se podían guardar dos turnos a la vez. El dueño tenía un empleado que a mí me parecía que no encajaba en los subterráneos del mercado. Tenía los labios muy rojos y, por eso, esa determinada fisonomía, es para mí siempre ‘labios de carnicero’.

A mi madre su carnicero y su pescadero le guardaban encargos en las misteriosas cámaras frigoríficas a sus espaldas. A mí esto me parecía de muy tenerse en consideración. Yo veía que por eso mi madre era una señora importante. Por eso, y porque ella lo comparaba todo con la carne y el pescado de Galicia; los tenderos siempre salían perdiendo y nos buscaban lo mejor, para ver si alguna vez ganaban en la comparación.

Me acuerdo del maravilloso olor de las aceitunas en los ultramarinos, donde nunca comprábamos. Pero sobre todo recuerdo el aroma a caucho, goma y esparto de un pequeño puesto de pelotas, juguetes y barreños. Un lugar oscuro y atrapado en una esquina del mercado y del tiempo, sazonado por productos de limpieza y un pelotón de las Botilde tapando el rótulo del puesto el mismo mes que salieron a la venta. La Botilde, esa mascota del 1, 2, 3 trasmutada en complejo juguete sólo apto para aceras, campos y calles, en el que meter un pie por un agujero y procurar saltar con el otro sobre el palo que unía el anillo del tobillo con la Botilde. Todos los niños queríamos una, desesperadamente. Me acuerdo que antes de conseguirla forzaba a mis padres a tomar otro pasillo para llegar a la frutería, el pasillo que pasaba por delante de las Botildes, que yo miraba con ojos de merluza del pincho mientas caminaba con mucha lentitud.