Desde la casa tranquila
26 Febrero 2011 por elenacHe pensado que lo único que puede salvar esta aciaga mañana es escribir algo digno. Aciagamente digno. Pero aciago en un sentido madrileño-burgués: simple depresión endógena, que no es para tanto.
Seguro que son las hormonas.
El otro día una niña de seis años se portó anímicamente como si tuviera la regla. Y dijimos “parece que tiene la regla”. Y luego me quedé pensando, ¿no debería ofenderme conmigo misma al reducir un problema emocional al sistema hormonal? De la niña de 6 y de la de 35. Pues no sé. Sí y no. Pero es que hay animosidades que no hay quien las entienda. Y tengo miedo de que este párrafo me conduzca a hacer un chiste de Maitena.
Cambiando de tema, por si acaso. (O no tanto). La crisis económica me ha devuelto a rondar las bibliotecas. No es que me falte de leer en casa, pero siempre hay urgencias y necesidad de consumir. Y como no puedo derrochar un céntimo aplaco esto que la gente de marketing llama impulso inmediato (o algo similar) con el carnet de la biblioteca municipal de mi barrio. Recorrí las estanterías curioseando sin rumbo fijo, comparando estas con aquellas, las estanterías de la biblioteca de mi primer barrio, y me alarmé ante la falta de fondos. Sí, en 1990 en Canillejas tenía que buscar las signaturas de los libros en fichas de cartulina, pero había cientos más de los que hay aquí. La informatización ha traído un par de ordenadores a la consulta. Total para qué, para ilusionarnos en vano: la base de datos está centralizada y los resultados indican los ejemplares que hay en cada biblioteca de Madrid, no en la que tú estás. Lo que quiero nunca está en la biblioteca en la que me encuentro, si es que está en algún lado.
Al final encontré un autor que buscaba y que, según la base de datos no existía ningún libro de él en todo Madrid. Probablemente me dejé algún acento, pensé, no queriendo echar por tierra el emotivo reencuentro con el papel amarillento y la hoja final con las fechas de devolución.
He comprobado que ese papelito me fascina hoy tanto como hace 20 años. Me he descubierto curioseando cuántas veces se leyó según qué año algún libro de mis preferidos. Un ejemplo, ahora tengo a mi lado Desde la ciudad nerviosa, de Enrique Vila-Matas. Quizá os interese saber (probablemente no, pero a mí sí) que este libro publicado en 2004 tuvo su año de mayor jolgorio en 2006, cuando fue prestado hasta ocho veces. En cambio, el año pasado, sólo una persona, sólo una vez, alguien se lo llevó a casa. Y yo soy la primera en tomarlo y darle cobijo temporal en este año presente.
Me gusta leer ejemplares leídos por otros, salvo cuando están subrayados. Por eso he comprado tanto en librerías de viejo y he usado tanto el préstamo municipal, hasta que el mundo del trabajo me convenció de que cuanto más ganas, más debes gastar para sentirte mejor contigo misma. Cuando no tienes dinero reconoces fácilmente la falacia pero en cuanto los euros suenan alegres en tu cuenta corriente tiendes a olvidarte de lo que parecía tan evidente.




















