Cuando se mueren los nuestros

Yo era aún preadolescente y aquel fue mi primer shock con lo incomprensible. Habíamos acabado el colegio y eso suponía escoger, por primera vez, un destino. Para hacer BUP y COU -qué en desuso quedan ya los recuerdos de esas siglas- yo elegí el Fortuny y ella el Claret. La primera elección supone también la primera separación, aprender que distanciarse al seguir tu camino tiene algo de natural.

Ella era inteligente, divertida, dotada con una voz grave y una belleza prerrafaelita y maldecida con un error en su columna vertebral que le obligaba a armar su cuerpo con un esqueleto exterior de metal cuyas formas apenas se disimulaban bajo el polo blanco del uniforme. Jamás le oí quejarse por ello. Lo cargaba con naturalidad y formaba parte de si misma, a pesar de que hubiera muchas cosas que no podía hacer, como saltar el potro o girar sólo la cabeza para mirar a ambos lados de la calle antes de cruzar.

Comenzamos primero de BUP, cada una a lo suyo. El nuevo mundo le trajo también la liberación de su armadura. Los huesos habían crecido ya lo suficiente apoyándose en este eterno sostén de hierros y prótesis, dejó de ser necesario y se lo quitaron. Debía estar muy feliz. Pocos meses después, en verano, murió en un accidente de tráfico en el que no tuvo la culpa.

Como no soy una mujer de memoria, el descarrilamiento de la vida de Estibaliz me impactó, pero no debió de cambiarme lo suficiente porque no me preparó para el futuro.

En el futuro, todos debéis saberlo, la gente de vuestra edad se muere. No sólo los abuelos, los padres, los tíos. No sólo los desconocidos. Vuestros amigos también.

El asesinato de Cocó, los suicidios de Susie Pop, Miguel Bocamuerta y Josetxo Anitua, la muerte de Leopoldo Alas, de Sergio Algora, de Aleix, son avisos de los nuestros, advertencias, de la muerte propia. Para la que habría que estar preparados.

La foto es de Rodolfo Palominos.
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