Desgaste

Uno piensa que las pirámides siempre van a estar ahí, y así el Faro de Hércules, Torre Picasso o la Estatua de la Libertad. En cambio, corren dos grandes peligros. Uno es inapreciable al ojo humano, es el deterioro infinitamente lento que no podríamos apreciar ni aunque invirtiéramos la vida en plantarnos con una silla plegable delante de la esfinge de Gizeh, llueva o arda el sol. El otro peligro también tiene que ver con un incorregible defecto humano: su incontenible tendencia a querer mejorarlo todo.

Mejorar es un eufemismo para destruir. Ponerle luces a la Torre Eiffel, sustituir el agua del Centro Cultural de la Villa -ahora Teatro Fernando Fernán-Gómez- por plástico que simula los antiguos chorros, reconstruir el anfiteatro de Sagunto, Disneypraga, primera línea de costa y el nuevo reloj digital del Hotel abba donde estaba el viejo de Cepsa, son los primeros ejemplos que se me ocurren. Este segundo mal es más perverso que el primero porque es inesperado. Ocurre de la noche a la mañana, mientras te has ido de vacaciones o estás probando otra ruta para ir a trabajar.

Te desgastas hasta que te mueres, pero eso no me molesta tanto porque se parece a lo de las pirámides, el envejecimiento es lento y da tiempo a acostumbrarse. Lo que no tolero es que me desgasten, ni siquiera con el pretexto, como diría Gallardón, de mejorarme. Cuanto mayor es la pasión depositada en una obra, de ladrillos o palabras, más dolor causa la destrucción del que con ademán soberbio quiere tener el don de convertir en oro todo lo que toca y ser el primero en señalar el mal olor de la mierda.

Los obreros olemos mal, pero eso es porque trabajamos.

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