Diario del coronavirus (20): Mi piso en ‘El hoyo’

El confinamiento es una oportunidad para dejar de ver series y volver a las películas. En el genial artículo que publicó Pedro Almodóvar en este periódico, el cineasta nos recomendó que viéramos alguna de Brian de Palma (que no sea La dalia negra). Ojalá le hubiera hecho caso. En lugar de eso, vi El hoyo. Antes de cenar, Alberto preguntó “¿vemos hoy El hoyo?”. Y yo contesté con un alegre “¡vale!”. Después de cenar, me repreguntó: “entonces, ¿vemos El hoyo?”. Y con la misma inconsciencia y alegría volví a contestar lo mismo. Ahora me doy cuenta de que ese “entonces” que incorporó a la segunda oportunidad que me dio para cambiar de opinión escondía algo más. En realidad, se expandía en una frase más larga que diría algo así como: “¿estás segura de que te apetece ver una película tan chunga en las condiciones pandémicas en las que vivimos ahora mismo?”. Y yo habría vuelto a decir “¡vale!”, porque la pura verdad es que no me acordaba de qué iba la película, tan solo de que tenía muchas ganas de verla.

La vimos en Netflix. Como ocurrió con Pandemic, la película de Galder Gaztelu-Urrutia aparecía entre lo más popular de la plataforma. Precisamente hoy mis compañeros de Cultura han escrito un artículo al respecto. Es un peliculón, sin duda alguna, pero os aseguro que es el tipo de película que mi psicóloga me habría prohibido ver durante el confinamiento. Me pregunto si nos arrojamos a ese tipo de distopías y catastrofismos durante estos días simplemente para pensar, cuando llegan los títulos de crédito, que no estamos tan mal, que podría ser peor. En ese sentido, la película por la que me han entrado unas ganas potentes es The Omega Man, que me encanta. Es una de las adaptaciones de la novela postapocalíptica Soy leyenda y en ella vemos a Charlton Heston como el último hombre vivo, en Los Ángeles, después de que un virus haya acabado con la humanidad. ¿Veis? No estamos tan mal.

Una cosa buena para quitarse de encima esta sensación findemundista es practicar un poco de yoga por la mañana. Seguro que muchos ya lo hacéis, pero a Alberto y a mí nos gusta la música oscura, las películas chungas, el spleen como alegría máxima, los escenarios industriales y las fantasías postapocalípticas. Vernos mutuamente en chándal haciendo “ohm” es quizá lo más radicalmente opuesto a los anhelos de nuestras almas románticas. Y, sin embargo, aquí estamos. Haciendo “ohm”. Superada la vergüenza inicial, la verdad es que está muy bien. Ya lo habíamos planeado la noche anterior: mañana madrugamos, desayunamos y hacemos yoga, nos dijimos, plenos de optimismo. En verdad, pasaban de las 12:30 del mediodía cuando sacamos las esterillas de debajo de la cama y nos plantamos los tres delante del televisor. Afortunadamente, no hay fotografía de esto. Eleonor se había puesto un vestidito con medias (sigue arreglándose cada día como si la hubieran invitado a cenar a palacio), por lo que hubo que mandarla de vuelta a su habitación para que regresara con un atuendo más cómodo. Comenzamos: al principio es fácil, solo hay que hacer respiraciones y el “ohm”. A los diez minutos, nuestra hija, que sentía más vergüenza (de sí misma y de sus padres) que pereza, ya había convertido lo suyo en una pista de circo. Cinco minutos más y comenzó a quejarse de que aquello era imposible de hacer. Se dedicó a boicotearnos lo que pudo y, un rato después desapareció hacia su habitación para volver, al poco, acicalada con el mismo vestidito de antes. Prefería hacer deberes de lengua que hacerse un nudo con el saludo al sol. Nosotros aguantamos, con dignidad y tesón, los 45 minutos de la clase virtual. Si tuviera que calibrar en términos de El hoyo la experiencia de hacer yoga con mi familia mirando el televisor, lo colocaría en el piso 35, más o menos. ¡No está nada mal!

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