Diario del coronavirus (21): El mundo de las segundas primeras veces

En el universo alternativo en el que nunca existió el COVID-19, hoy hubieran comenzado las vacaciones de Semana Santa. Los niños y las niñas habrían traído ayer las notas y habrían arrastrado unas mochilas con sobrepeso, cargadas con todos los cuadernos, libros y fichas acumuladas en el colegio durante el segundo trimestre. Alberto habría empezado sus vacaciones y se habría ido de acampada con sus hijas, tal y como tenía previsto desde hacía semanas. Yo me habría quedado en Madrid trabajando, sacándole partido a una casa silenciosa y vacía, aunque fuera solo por unas breves horas al día. Al llegar el jueves, habría disfrutado yo también de unos días festivos con Eleonor, mientras Alberto volvía a su trabajo. Pero no sé qué habría hecho con ellos, jamás he sido buena planificando a medio plazo.

En cambio, en la variante del multiverso en la que escribo este diario de nuestro confinamiento, debido a la cuarentena por un virus letal que se expande rápida y feroz por toda la humanidad, todos los días son iguales, estamos todos en casa y no hay más acampada que la que tenemos montada en el sofá. Hay un nexo de unión entre ambas realidades: las notas del trimestre han llegado. ¿Y cómo? Ah, eso sí que ha sido una aventura y no la de Rick y Morty saltando de la dimensión C-137 a la 35-C: a través del sistema Roble. La Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid tiene un sistema informático llamado Raíces. Según los profesores, se rumorea que se llama así porque en ella no hay manera de encontrar lo que buscas. La plataforma de Raíces desarrollada para poner a las familias en conexión con el colegio recibe el nombre de Roble y se está implementando este año. Si pensáis que le pusieron Roble pensando en que no hay un árbol más duro que se caiga menos, os equivocáis. Al tercer o cuarto clic, Roble empieza a dar errores de fallos en el código. Además, a algunos usuarios les ha sido imposible loguear; a mí me llevó 20 minutos. Otros 20 minutos necesité para conseguir salvar los callejones sin salida con aviso de error y, finalmente, encontrar el boletín de notas. Esta ha sido una evaluación corta y extraña, como será seguramente la tercera. Al menos, tengo la impresión de que los profesores han sido benevolentes.

Dije que todos los días son iguales, pero Eleonor no está dispuesta a perdonar las vacaciones. “¡Hoy ya no tenía clase!”, se queja cuando le recordamos la tarea pendiente. Extrañamente, también protestó cuando le dije que comería lo mismo en casa que le tocaba en el comedor del cole. Le he dicho a Eleonor que decida en qué universo quiere vivir, que no puede estar abriendo portales interdimensionales sin ton ni son.

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