Diario del coronavirus (25): Distancia de rescate

No me gusta hablar por teléfono. Esto es un problema si eres teleoperadora, periodista o  tienes familia que vive lejos. De las tres, yo cumplo las dos últimas, pero dado que parece que se avecina una nueva crisis en el sector, no descarto hacer un pleno al quince en el futuro. Como en la estupenda novela de Javier Mestre sobre la precariedad del periodismo en España: Fábrica de cuentos. En ella, las responsabilidades familiares empujan a una joven periodista a abandonar su profesión para al menos vivir con la seguridad de una nómina a fin de mes como teleoperadora. Me gustaría recomendaros su lectura para estos días pero, a no ser que tengáis el libro comprado con anterioridad, no sería responsable hacerlo. Os podríais apuntar el título y sumaros a la campaña que circula en el mundo del cómic llamada #YoEsperoAMiLibrero. En cuanto reabran las pequeñas librerías, en la medida de nuestras posibilidades, estaría bien visitarlas y compensar un poco estas semanas de pérdidas.

Vi el hashtag anoche en Twitter e Instagram durante mis más de cuatro horas de terco insomnio. También me encontré con la fotografía de José Ignacio García que mostraba la sección de cultura de un supermercado acordonada y forrada de plástico. Decía este diputado de Adelante Andalucía que “un país que no considera la cultura como de primera necesidad es un país que está jodido”. Lo mismo es que sí que estamos un poco jodidos, José Ignacio. Esta foto terrible, que da hasta miedo si amas los libros como parte de tu vida, coincide en el tiempo con la decepcionante intervención pública del ministro de Cultura, tan ausente y profiláctico como la sección del supermercado. Me pareció que el ministro Uribes nos decía que no era el momento para la cultura, que ahora hay que estar a lo importante. Es verdad que los médicos salvan la vida de los enfermos, pero el arte cuida la vida de los sanos. No se puede poner la cultura en pausa, envuelta en plástico como los muebles cubiertos por telas de una casa deshabitada indefinidamente. Necesitamos mascarillas pero también relatos sobre enmascarados

En mi insomnio de anoche solo podía leer vuestras cosas y mirar vuestras fotos. Salí al patio de Twitter y me encontré con otros sonámbulos. Fue como abrir la ventana en plena noche. Coincidí con un vecino despierto, Diego Fonseca, que os escribe por aquí unos relatos durante la pandemia. Como aquel tipo que sale al balcón con un megáfono cada día a decir “me aburro”, Diego estaba allí, en esa enorme habitación llena de gente pero, en verdad, solo, gritando que tenía “insomnio marca Stress del Virus de Mierda”. Le dije que yo también. Diego me confesó que tiene cuatro textos muertos “ahí”, “sin resucitar”, del “daily de eldiario.es”. Y añadió un emoticono de hombros encogidos donde yo no vi un emoji sino al propio Diego Fonseca hundiendo el cuello, con los ojos rojos, resoplando. Pero es que en la noche no se puede hacer nada, “solo hay parálisis”, le contesté. En la noche se puede bailar, beber vino, tener fantasías, vivir romances, follar o masturbarse, pero no puede uno levantarse y decir: voy a aprovechar este insomnio (marca Stress del Virus de Mierda) para terminar de escribir esos cuatro textos muertos que tengo por ahí.

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