Diario del coronavirus (26): Tren con destinación a ninguna parte

No sé si os habéis dado cuenta, pero estamos de vacaciones de Semana Santa. Me pregunto si los niños y las niñas que tengáis alrededor son tan inflexibles con esa circunstancia como mi hija. Si le pido que se acueste pronto, que haga deberes o que se quite el pijama me contesta que la deje en paz, que está de vacaciones. “¿Pero me quieres decir qué diferencia hay entre esta semana y la anterior?”, le pregunto. “No me hagas tantas preguntas, que estoy de vacaciones”, es todo lo que me contesta, mientras gira de nuevo su cabeza hacia el televisor. Por no pelearme con ella, me peleo conmigo misma: ¿le contesto lo que creo que una madre responsable debe decirle a su hija o la dejo en paz, que es exactamente lo que yo querría que hicieran conmigo? En medio de este debate, me acordé de algo que dijo mi viejo compañero Antonio Martínez Ron en una entrevista antigua pero que leí ayer: “les digo a mis hijos que coman fruta de postre y me como un helado a escondidas”. Esa confesión resume muy bien esta sensación de no acabar de ser la madre a la que le dan el título homologado para ejercer. No sé los hijos de Antonio, pero la mía me pillaría comiendo el helado y exigiría dos para ella: el primero, por justicia y el segundo, por castigo por comer a escondidas.

Mi máxima aspiración es que Eleonor dedique algo de tiempo a la lectura. ¿Recordáis eso que dicen de que los niños imitan lo que ven en casa? Pues no es cierto. Hoy me ha dicho: “mamá, te vas a poner enferma de tanto leer”. Ese es el momento en el que la madre diplomada aplasta la cabeza de la otra Elena con un puñetazo sangriento y manda a la niña, con voz severa y un amago de extorsión, a buscar un libro a su habitación. Vuelve con un cómic de Hora de aventuras y me digo: vale, admitamos el punto medio.Además de ver anime, películas, Jackass y videos en YouTube, estos días Eleonor hace stop motion con los playmobil, se graba a sí misma haciendo un fanfiction de Paquita Salas, peina a las Nancys, hace volteretas en el sofá y pinta un dibujo. Un único dibujo. Me lo ha regalado. Es un dibujo de un AVE de Renfe. Al principio no lo entendía. Después, entre las brumas de una vida pasada, me llegaron los recuerdos de aquellos días en los que a las ocho de la tarde intentábamos, sin éxito alguno, comprar billetes baratos para Barcelona, precisamente para irnos de viaje esta semana. Cada día, Eleonor vivía con emoción el momento en el que nos poníamos delante del ordenador y le dábamos a recargar la página. Tras el fracaso de los primeros días dejé de hacerlo, convencida de que era imposible, pero ella, cada noche, todavía me preguntaba si lo había conseguido. Pensé que, como a mí, aquella vieja ilusión de viajar en Semana Santa se había evaporado. Hasta que he visto este dibujo. Como en un juego de transparencia, por la parte de atrás de la hoja se veía el interior del tren. Una conductora llevaba a una alegre niña a algún destino emocionante. Mi hija se había ido de viaje esta Semana Santa.

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