Diario del coronavirus (27): El matrimonio más cool del mundo

Sabes que tu chico te quiere cuando sale a la calle y vuelve con un bote de gel hidroalcohólico por 15 euros. Una de las cosas bonitas de la pandemia es que hemos aprendido a resumir las palabras “desinfectante para no tener que lavarse las manos” en una sola. Y, además, sabemos dónde va la tilde.

Me acuerdo mucho del día, apenas quince días antes de que estallaran las infecciones en España, en el que mi hija Eleonor intentó colarme un bote de gel hidroalcóholico olor frambuesa, por tres euros, en la cola del supermercado. “¡Dónde vas con eso, que es muy caro!”, dijo la madre tacaña. Ahora recuerdo ese momento, una y otra vez, como un flashback en una película mala. Moraleja: hay que hacer más caso a las niñas.

Porque lo que es yo, salir a la calle, no salgo mucho, la verdad. Y eso que nos queda solo un huevo, la leche está a punto de terminarse y necesito pan para las prometidas torrijas, una repostería que cada día aplazo al siguiente, sabiendo que esta Semana Santa, como las de mi infancia, dura eternamente. La verdad es que no he hecho torrijas en mi vida pero necesidad obliga, y este año mi suegra no vendrá a casa cargando un doble táper: unas cuantas sin canela para mí, y el resto para su hijo. Hacer torrijas es algo muy de suegra, pero he sabido que en estos días hay vecinas que se prestan como madres postizas. Así le ha pasado a mi amiga M. (la del caracol Steven) cuya vecina ha llamado a su puerta con sendas bandejas de este opulento pan frito. Como suele suceder en estos casos, creo que el marido de M. musitó un “me gustan más las de mi madre”.

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