Diario del coronavirus (31): El ángulo doméstico

Una visita al pequeño supermercado del barrio trae malas noticias. La ausencia prolongada del carnicero se debía al coronavirus, el cual ha contagiado también a su familia y a su compañero tras el mostrador, el charcutero que me recomendó una pata de jamón y un buen vino para la cuarentena. Por desgracia, al charcutero le ha pillado fuerte y está en el hospital. Por ahora, el resto de empleados están bien, aunque se escuchan algunas toses al fondo. Siendo más cómodo ir a un lugar más grande, me tira más hacer la compra en esta tienda, a la que llamar supermercado le hace, quizá, sonrojarse. “Supermercadito” le encajaría mejor. Me ha gustado leer en este artículo de Analía Plaza que no soy la única: estamos comprando más en los súpers regionales que en las grandes cadenas. 

Para los que han vuelto al trabajo y para los que nunca lo han abandonado, mi mayor preocupación es comprobar con qué medidas de protección personal lo están haciendo. No todos en el supermercadito llevaban mascarilla, pero sí todos usaban guantes. La obra que hay enfrente de mi casa se ha reanudado, tras un lunes de desconcierto en el que, quizá, ni ellos mismos sabían sí podían o no acudir. Hoy, en cambio, nos han dado mucho qué mirar. Eleonor y yo hemos vuelto a nuestro puesto habitual de vigilancia y nos hemos llamado mutuamente cuando sucedía algo nuevo: una maquinaria extraña era introducida en la finca, una grúa traía un nuevo contenedor, una conversación entre técnicos, aunque parecía que se producía en susurros, llenaba toda la calle. La grúa dejó el enorme cajetón de hierro para los escombros demasiado lejos de la acera, por lo que un capataz llamó a cuatro obreros más y, juntos, lo levantaron a pulso. Eso me permitió fijarme en que su equipo de protección personal era inexistente: ni guantes, ni mascarilla y una distancia interpersonal más cercana a la del tango que a la del twist. No sé qué hacer cuando veo esto. No quiero ser la policía de riesgos laborales del balcón, pero me quedo preocupada.

Cuando las personas que tengo cerca me explican de primera mano cómo se siente el coronavirus en el cuerpo, más que preocuparme, me aterro. Me siento como una refugiada. No puedo evitar pensar que todas estas tonterías que nos pasan en casa, o mejor dicho, todo aquello con lo que llenamos el hueco de las cosas que no nos pasan, están fuera de lugar. Cuando recordemos cómo fueron estas semanas terribles, muchos tendrán historias de las trincheras, pero la gran mayoría guardarán memorias de la retaguardia. Como este diario. Y cuando le pongo humor o le saco punta, sobre todo cuando observo los días a través de la mirada de mi hija, pienso si alguien se sentirá herido. Pero el pasado lunes, quizá como muchos de vosotros y vosotras, estuve viendo a mi director, Ignacio Escolar, conversar con Andreu Buenafuente. El humorista reflexionó sobre esto mismo y dijo que, si quizá no era el momento de abordar lo que nos está pasando con comedia, al menos sí con “el ángulo doméstico”. Podríamos haber llamado así a este diario pero, el primer día, la verdad, no me lo pensé mucho, no tenía la perspectiva que tengo hoy y contar lo que sucedía de puertas para adentro se me hacía tan imprescindible como abrir las ventanas cada día para ventilar.

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