Diario del coronavirus (36): La gran escapada

Cuando yo nací, mi madre tenía casi 40 años. Algunas personas le dijeron que ese bebé sería, en el futuro, el consuelo de su vejez. Mi madre me contaba que ella les contestaba “pobriña ella, si tiene que vivir para eso” y me advertía que viviría en su casa mientras pudiera valerse por sí misma y, cuando no, se pagaría una residencia, “que para eso estaba el dinero”. Bueno, no llegó esa circunstancia. Siempre he vivido con mucho miedo a las enfermedades y mucha tristeza por la vejez y nunca he tenido las ideas tan claras como mi madre. He llorado en todas las residencias de ancianos que he visitado y no consigo imaginarme viviendo en una de ellas, salvo cuando me imagino como la abuela de la película Mars Attacks, que escucha en sus cascos, feliz, siempre el mismo disco de vinilo en la habitación de su residencia.

Si vivir en una residencia es ya un apartarse del mundo, estar confinado en las habitaciones, como sucede estos días, debe de suponer un aislamiento terrible para los mayores conscientes de la vida y lo que les rodea. Un suceso acaecido esta semana en el pueblo vecino al de mi padre, confirma esta teoría. Hartos de estar recluidos en sus habitaciones, dos de los residentes decidieron escaparse, saltando por la ventana de un primer piso. Les quiero imaginar trazando el plan a escondidas, quizá a la hora de la comida. Efectuaron la salida de noche, sin mayor problema pero con cierta lentitud, debido a que uno de ellos andaba con muleta. Los empleados se dieron cuenta rápidamente de la fuga y salieron en su busca por las calles desiertas de un pueblo ya de por sí deshabitado, dando alcance a los señores a la altura del bar, que por supuesto estaba cerrado, no explicando las fuentes conocedoras del hecho si fue pura casualidad o era ese el destino de los fugados. La aventura acabó rápido, no así las chuflas y el cachondeo que se esparcieron como virus sin vacuna rápidamente por los pueblos de toda la comarca. 

De la residencia de mis tíos hemos recibido noticias médicas que en mi grupo de primos han sido celebradas con alborozo. El Servicio Gallego de Salud efectuó pruebas del coronavirus a todos los residentes, así como al personal. Todas dieron negativo. No había síntomas, pero la noticia nos deja más tranquilos. Pregunto a mi padre si en la residencia del pueblo de los fugados hay algún caso y me contesta que no, que son cuatro gatos. Solo hay un positivo conocido en todos los pueblos de alrededor y ya ha pasado la COVID-19, reincorporándose a su trabajo. Se quejan en este pueblo soriano de no poder salir a caminar, cuando las probabilidades de encontrarse con alguien, en condiciones normales, son más bien escasas. Se sabe de una persona que tiene salvoconducto médico, por ser diabético y estar obligado a hacerse sus kilómetros diarios para bajar el azúcar. Supongo que los vecinos le observan tras los visillos con envidia, mientras comen torreznos a discreción a ver si a ellos también les aplican medidas extraordinarias. Yo es lo que haría.

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