Diario del coronavirus (39): Cuentos por teléfono

No madrugamos nada. La mañana se ha instalado en la pereza más absoluta. Eleonor y yo estamos en la cocina, decidiendo si desayunamos cereales, tostadas o galletas a las once de la mañana. Mientras hierve la pava del agua para una hacerme una infusión, cojo uno de los libros de cocina que tenemos en la estantería. No sé qué vamos a hacer de comer. Eleonor mi imita y coge otro. Las dos pasamos páginas, en pijama, con el pelo revuelto. Ella lee los títulos de las recetas del suyo. No le hago mucho caso porque estoy concentrada en el mío, hasta que dice algo que me llama la atención: “pato confinado” y pasa a la siguiente. “¿Pato qué?”. Vuelve la página: “pato confinado”. “¿Estás segura? Lee otra vez”. “¡Pato confitado!”, dice, en mitad de un ataque de risa tan grande que se cae de la escalera en la que está sentada. “¡Somos patos confinados!”, se pasará diciendo el resto de la mañana, sin parar de reír.

Una hora después vuelvo a la cocina con la secreta intención de picar algo pero, en lugar de meter mano en la caja de galletas y saciar la ansiedad, agarro uno de los dos frascos de cristal que nos trajimos de la última clase de yoga en familia a la que fuimos Eleonor y yo antes de convertirnos en patos confinados. En ella, hicimos dos botes de la tranquilidad, con purpurina de colores y colorante alimentario. A esta hora, entra el único rayo de sol que atraviesa mi cocina en la mañana, cae oblicuo sobre la estancia. Dejo que me de en la espalda y que se deslice por la encimera. Me doy cuenta de que la luz termina en los frascos de la tranquilidad: el mío es azul y el que ella hizo es morado, casi negro. Lo muevo y observo con mucha atención cómo se agitan las pequeñas gotas metalizadas. Hago rodar el frasco por la encimera y todo sucede en una calma exquisita. 

Desaparezco de la escena y la cocina no vuelve a verme hasta la hora de preparar la comida. La radio, mi viejo radiocassette, está encendido. Estoy allí pero no hago nada, tampoco tenía ninguna idea, tan solo escucho la radio. Es Alberto quien se decide a preparar una crema para comer. No hablamos, estamos dentro de la radio. Se interrumpe el flujo de noticias y llegan los anuncios. Es raro, porque la publicidad se ha contagiado de coronavirus. Ya no es el mundo paralelo e irreal que intenta construir. Ahora es un mundo paralelo que intenta parecer real. “Ahora parece que en todos los anuncios trabajan para nosotros”, dice Alberto, mientras le da a la batidora. Es verdad, todas las publicidades parecen de oenegé, cuando en realidad nos están intentando vender lo mismo de siempre. “Parece que si te compras un BMW es por el bien de todos”, añade. No hay un anuncio que no haga referencia al coronavirus, que no haya conseguido encajar su producto o servicio dentro de esta crisis. Sea aquel el que sea. Imagino que no hacerlo se consideraría de mal gusto. En Carne Cruda, un programa de radio en el que no se anuncian BMW, hubo una conversación maravillosa entre filósofos el otro día. Una de las rajas por las que hace aguas el sistema con esta crisis, es que nos deja el hueco para pensar qué es lo esencial. De hecho, puedes hacerlo perfectamente mientras agitas uno de esos frascos de la tranquilidad. Intervenía Santiago Alba Rico para decir que “los objetos de lujo no son un lujo para el sistema, sino una necesidad íntima” del propio sistema. Ahora que las ciudades están momentáneamente menos contaminadas, comprar un coche de gama alta es algo que puedes hacer por el bien de todos, para que sigamos respirando aire puro. Imagino que a los publicistas no les falta el trabajo estos días. Lo que pasa es que tenemos tiempo suficiente para verles las costuras.

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