Diario del coronavirus (41): Las tres normas del club de la calle

Estoy segura de que estaba yo más nerviosa que ella. De hecho, se lo pregunté como diez veces: “¿no estás emocionada?” y siempre me decía que no, pero yo creo que lo hacía por hacerme de rabiar. ¿Cómo no iba a estar mi hija ilusionada de salir a la calle después de 44 días encerrada en casa? “¿No te sientes rara?”, le insisto. “¡Que no es para tanto!”, me responde Eleonor, haciéndose la dura. No paro de hacerle fotos y videos. Ahora ponte allí, ahora ponte allá, ahora ven patinando hacia mí. “Ya basta, me dice, sé que todo esto lo haces por tu diario”, me contesta. Le devuelvo una mirada ofendidita.

De todos los juguetes que podría haber elegido (el patinete, una pelota, la comba o una Nancy para que viera mundo), ella escogió los patines. Hice un rápido cálculo mental con los factores de ejercicio físico y diversión y dí mi aprobación. Nunca quiere ponerse las protecciones pero hoy le convencí diciendo que así iría más “protegida”, poniéndole muchas comillas a la palabra. Coló. También el hecho de que en el último momento descubrí que se había puesto unas mallas con un tomate en la rodilla. “Venga, que así lo tapas”. Otra historia fue la mascarilla: podía ponerse una, con gomitas, que le había regalado su dentista; una de las nuestras con lazos o su mascarilla kawaii comprada en una Japan Weekend. Ninguna de ellas le impediría contagiarse pero cumple tres funciones importantes: que ella no contagie, que no se toque la cara con las manos y que recuerde todo el rato que las circunstancias son excepcionales. Se las probó todas y dijo que no podía respirar con ellas. “Es verdad que son un poco incómodas, pero cuando te caigas al suelo y pongas las manazas por ahí y luego te lleves las manos a la cara, estarás más protegida”, le digo en tono didáctico. “No me voy a caer”, me contesta. Ya. “No voy a poner las manazas por ahí”, dice, poniendo retintín en el “por ahí”. Ya. ¿Qué hizo? Bajó las escaleras agarrándose al pasamanos y diez minutos después ya se había caído en un giro demasiado rápido. Me encantó poner cara de “te lo dije”. Yo qué sé, cosas de madres.

Finalmente había elegido su mascarilla otaku y, además del primer sofoco, tuvo que vencer la vergüenza, que lo mismo era eso lo que le producía el sofoco. Misteriosamente, después de cruzarnos con cuatro o cinco niños enmascarillados, dejó de quejarse. Nos llamó la atención ver tan pocos menores en la calle. Antes de salir de casa, le hice un briefing final, para recordarle todas las tres normas del club de la calle: primera norma, no te toques la mascarilla; segunda norma, dos zancadas de distancia con cualquier persona excepto conmigo; tercera norma, la norma segunda también vale para los amigos.

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