Diario del coronavirus (42): La cárcel más grande de todas las cárceles

Otra negra nube viene a arrancarme el corazón. No lo digo yo, pues quedaría muy pretencioso, lo dice Javier Corcobado en una canción que me acompaña mientras escribo esta página de mi diario. Citar también es pretencioso, pero un poco menos. Pide este poeta, descarnado y furioso, un cielo donde pueda arañar la libertad porque —y ese es el descubrimiento que justifica esta canción— la libertad es la cárcel más grande de todas las cárceles. Puede ser. Qué intensa se siente la vida cuando te falta y qué placer arañar un poco de lo que te han quitado. Como diría Corcobado, qué brillantes son las calles cuando el latido se va.

Hoy no era un lunes como otros lunes del confinamiento, en el que Eleonor saca con resignación los cuadernos y los libros de la mochila después del fin de semana. Los sigue guardando ahí dentro cada tarde, como si tuviera que estar preparada para volver al colegio mañana mismo. Cuesta decirlo en alto, pero muchas madres y padres sospechamos que, al igual que ya hemos sacado la ropa de verano, podríamos ir guardando la mochila en el maletero. Una familia del colegio de Eleonor fue el domingo a colgar en la puerta del centro una enorme pancarta de colores que decía que querían “volver” y que “¡fuera virus!”. Su intención era dejarla allí y que otros niños y niñas, aprovechando las salidas, la firmaran. La idea era bonita, pero unas horas después fue desarticulada debido a que las autoridades decidieron que podría suponer un foco de infección. Por otro lado, yo pensé, no estoy segura de que me hija firmara lo de las ganas de volver pronto al cole. Si guardamos la mochila, creo que se pondría contenta.

Decía que este lunes no es como otros porque ayer Eleonor salió a la calle y, después de catar los aires de libertad del exterior, de recordar que ella era una niña que bajaba corriendo por la calle hasta su colegio y que jugaba en un parque que, al fin, comprobó con sus propios ojos que estaba clausurado con un plástico policial. En ese momento, Corcobado hubiera dicho: “ya no quiero más mentiras con postizos de ilusión” pero Eleonor, que es menos intensa, dijo “quiero bajar a la calle, otra vez”. No había completado las tareas del día y mi primera reacción fue decirle que no. Soy la típica madre aguafiestas. Pero antes de abrir la boca, lo pensé dos veces y me dije a mí misma que porqué no. “Pues vale, vamos”. Me levanté de la silla. Eleonor me miró asombrada. “Venga, vamos a la calle, porqué no”.

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