Diario del coronavirus (43): Virus de barrio

Mi barrio es un vecindario bullicioso, el más popular del distrito más agresivo de Madrid en términos inmobiliarios y de desigualdad de renta. En los mapas de color electoral, Prosperidad una isla roja alrededor de cientos de manzanas azules en Chamartín. Parece que hay ganas de gentrificarlo, se nota por el aumento de coworkings, bajos que eran bares y ahora son oficinas acristaladas donde ves trabajar a la gente en su interior cuando bajas a por el pan y alquileres en alza que empiezan a ahuyentar a los vecinos y vecinas de toda la vida. Pero La Prospe resiste, como gritaron el otro día mis jóvenes vecinas por el balcón, con el megáfono a toda tralla, aunando el grito de guerra contra el coronavirus con un viejo lema de mi barrio, en alusión a la lucha por el local que ocupaba la Escuela Popular de Prosperidad, todo un referente de activismo vecinal, ayuda mutua y otras pedagogías.

Después de una consulta telefónica, mi médico me dijo que fuera a verle, así que hoy he pateado nuestras calles vacías para ir al centro de salud. Hacía tiempo que no me alejaba tanto de casa, aunque no han sido más 650 metros, pero me ha servido para tener una perspectiva más amplia de este largo domingo de agosto, con las chapas bajadas en los bares y los comercios cerrados con carteles indefinidos, en lugar de las despedidas con certeza de las vacaciones. Me dediqué a hacer fotografías de algunos de los carteles porque es curioso como, detrás de su redacción, hay más de lo que aparentan decir. Los contrariados avisan de que volverán cuando les dejen; los resignados dicen que lo harán cuando se pueda; los más pesimistas dicen que indefinidamente y los que en el fondo están cabreados pero intentan que no se les note, dicen que “hasta nueva orden”.

Había mucho que leer en mi paseo, pero era necesario estar atenta a los carteles nuevos, ocultos entre viejas publicidades y, en su gran mayoría, descoloridos por las últimas lluvias. Una chica llamada Marta había pegado con cinta americana a algunas farolas, unas cuartillas escritas a mano. Dice donde vive y cuál es su teléfono. Ofrece “ayuda gratis”. En uno de los carteles, alguien le ha contestado un “gracias a ti”. Cerca de la Escuela de La Prospe encuentro varios carteles de la red de ayuda mutua del barrio que, como en otras zonas de la ciudad, según leí en este reportaje de El Salto, se han organizado rápido y bien, con un banco de alimentos y capacidad y recursos para ayudar en lo que sea. Otras hojas pequeñas, escritas a mano a boli azul, correspondían a una mujer costurera que vendía mascarillas hechas por ella en su tienda de arreglo de ropa; bajo su número de teléfono, había añadido un “estamos juntos”. En una tienda de chuches y bocadillos, un cartel más elaborado informa de que las botellas de agua mineral son gratis para personal de limpieza, policía, bomberos, carteros, conductores de ambulancia y otras profesiones al servicio de la ciudadanía. Pero en mi paseo, cuando bajaba la vista al suelo, a menudo encontraba mascarillas y guantes tirados en la acera. Somos capaces de lo mejor y lo peor, en el mismo metro cuadrado.

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