Diario del coronavirus (47): 52 días de viaje submarino

He comprobado que las floristerías son uno de esos negocios que han funcionado bien en el confinamiento. Cuando mis amigas me mandaron un ramo en el día de mi cumpleaños, lo trajo un empleado del negocio junto con una nota que explicaba las medidas de higiene que se habían tomado para realizarlo y que, además, agradecía que se estuvieran utilizando sus servicios de envío a domicilio, porque esos pedidos les permitían salir adelante. No eran las flores más frescas del mundo, pero eran preciosas y me emocionaron mucho. Este domingo, por el día de la madre, Alberto intentó mandarle un ramo a la suya y no le fue posible, tuvo que anticipar el regalo un día para que le aceptaran el encargo.

Tengo la sensación de que, en estos dos o tres días, la vida se apresura y los acontecimientos se agolpan. De repente, hace buen tiempo y ya no nos ponemos la chaqueta en casa. Las ventanas están abiertas todo el día y puedo sentarme a leer en el balcón sin arroparme con una manta. Ayer, cuando dieron las ocho, tuve la impresión de que se habían abierto unas compuertas y nuestro pasaje peatonal alcanzó, en cuestión de minutos, un nivel de bullicio que no ha tenido nunca. Mis vecinos de arriba habían mandado a las dj toda una lista de peticiones de canciones pop de los ochenta y la mayoría de paseantes de andares rápidos (o corredores de lentitud) las celebraban al pasar. Percibo que hay ganas de que todo se acelere.

Del otro lado de mi casa, por las ventanas que dan a la calle, vemos a pocos metros de distancia un edificio en obras del que he hablado aquí en más de una ocasión. A estas alturas de los trabajos de reforma ya no queda prácticamente nada que extraer de él. A través de lo que fueron ventanas y ahora no son más que vanos, veo el interior arrasado, sin tabiques ni escombros. Tan solo los pilares esenciales quedan en pie. Ha dado todo lo que tenía de sí y yo me siento un poco igual: no tengo nada más para sacar. Estoy eviscerada. No sucede nada nuevo. La historia pide salir de casa y mirar a lo lejos. Dicen los oftalmólogos que somos más miopes en las ciudades porque no tenemos horizonte que enfocar y advierten de que los niños, durante el confinamiento, pueden ganar dioptrías.

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