Diario del coronavirus (49): Las mascarillas son sexys

Cuando habíamos aprendido a decir “gel hidroalcohólico” con la misma naturalidad que “barra de pan”, el Gobierno nos hace dos favores: fija un precio máximo de venta al público y, de paso, nos indica que el nombre correcto es “antiséptico de piel sana con función virucida”. Por curiosidad malsana, he calculado cuánto me habría costado hoy el antiséptico de piel sana que compramos en pleno apogeo virucida: 5,17 euros. Pero en aquel momento lo pagamos a precio de marisco: 15 euros costó el frasco de 225 ml.

Las mascarillas higiénicas, que también tienen un precio máximo de venta, se encuentran fácilmente en las farmacias, aunque las de los supermercados, un poco más baratas, suelen estar agotadas. No obstante, he visto por la calle que cada día hay más mascarillas cosidas en casa, con retales de cortinas o vestidos rotos. También me asaltan los anuncios, en este mismo periódico, por ejemplo, de tiendas online que venden mascarillas de tela reutilizables con bonitos estampados que van del estilo lolailo al primaveral; se hace difícil elegir. Después de ver a Dave Gahan, uno de nuestros ídolos musicales, con mascarilla negra, Alberto encargó una en una tienda online. Nos llegó hace unos días y descubrimos con decepción que tenía menos protección de la necesaria para lijar una estantería y no toser mucho. La estamos reservando para algún concierto —nosotros somos muy de uniforme negro— pero me da la risa amarga mientras lo digo. ¿Se celebrarán los conciertos y festivales para los que tenemos entrada a partir de septiembre? Si ni siquiera podrán ir los niños todos juntos a clase, cómo vamos a ir los mayores a apiñarnos, a sudar, a cantar a voz en grito, a aplaudir sin ser las ocho de la tarde delante de, por poner un ejemplo recurrente desde el primer día de este diario, The Sisters of Mercy? No le preguntéis al ministro de Cultura, que no tiene ni idea.

Estos días he hecho muchas entrevistas para escribir un reportaje sobre el que no quiero (ni puedo) hacer spoiler. Eleonor, que le interesa cualquier cosa mucho más que sus tareas escolares, se queda mirándome mientras yo hago entrevistas telefónicas. Ni me doy cuenta de que ha abandonado sus deberes. Si puede, intenta meter pezuña en la conversación. En este tiempo, he tenido la oportunidad de saludar a los hijos de varios encargados de gabinetes de prensa: estamos todos igual. En realidad, me gusta que sucedan estas cosas, como los videos de conexiones en directo en la televisión en el que irrumpen hijos por la puerta, porque me recuerdan que tenemos una vida detrás que habitualmente el trabajo hace invisible. No es barato hacerla invisible.

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