Diario del coronavirus (53): Un final abierto

Estos días hay una importante reflexión sobre el control, frente a una idea de la responsabilidad. Aunque también nos asalta la duda de si lo que creemos que es responsabilidad no será una forma de control inducida. Todo hay que pensarlo.

Yo era una modélica ciudadana hasta aquella mañana en la que mi hija Eleonor salió por primera vez a la calle desde que empezó el confinamiento y, paradas en la acera, me preguntó por qué estábamos esperando a que se pusiera en verde el semáforo si no había pasado un solo coche en todo este rato. Era cierto: el tráfico se había evaporado y las personas, andando o en bici, reconquistaban la calzada. Hasta ese momento y durante los ochos años de vida de Eleonor, yo había sido obstinadamente pesada con los semáforos, pues uno de mis miedos atávicos son los niños atropellados. No venía nada y decidí saltarme la regla de oro, aunque la figura del peatón pasó de rojo a verde cuando estábamos a mitad de la calle, así que lo sentí como una transgresión solo a medias. Casi como si nos dieran la razón. Ahora la calle es nuestra, o algo parecido, me dijo Eleonor, y eso me hizo sentir que el escenario vial se había convertido en un campo de batalla y que la conquista legitimaba la infracción.

En otra ocasión, salí con todo tipo de bolsas de basura y las fui repartiendo en sus contenedores respectivos, recorriendo mi calle. Ya he contado aquí que soy una policía del reciclaje y me enfado con los desastres que me encuentro en el cubo del compost. Tenía una última bolsa en la mano, un hatillo de residuos textiles, y caminé hasta el contenedor más cercano, que está a cinco minutos de mi casa. Cuando llegué a él, encontré un precinto roto y un papel pegado en la tapa, que indicaba que durante el estado de alarma se suspendía la recogida de ese tipo de residuos. Rogaban que no se depositaran bolsas con ropa en el suelo. En el suelo, había depositada una bolsa de ropa medio abierta. Contrariada por tener que volver a casa sin cumplir la misión, miré a ambos lados, por si alguien me estuviera observando y probé a abrir, agarrando la barra con la manga de la chaqueta, a ver si por casualidad podía dejar la bolsa igualmente. El contenedor estaba a rebosar. Con fastidio, me volví a casa. Puede que lo del semáforo hubiera iniciado mi vida como desobediente civil, pero lo de dejar bolsas en el suelo es una degradación postapocalíptica, tipo Mad Max, para la que todavía no estaba preparada. 

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