Diario del coronavirus (56): Mascarillas para siempre

Estábamos a punto de quedarnos sin mascarillas. Nos hemos ido apañando con las seis o siete del tipo quirúrgico que teníamos en casa desde el principio del confinamiento, además de la de tela de Eleonor (tipo kawaii, comprada en una Japan Weekend hace años y que jamás podríamos haber imaginado que le daríamos un uso real) y de la que le habían dado a Alberto en su trabajo. Por otro lado, habíamos comprado online una de color negro, que cuando llegó por correo resultó ser una full, así que solo la hemos usado para posar con ella.

Por eso, empecé a buscar qué tipo de mascarilla, y dónde, debíamos comprar. Una de mis grandes preocupaciones relativas a este asunto es el aumento en un 300% de los residuos sanitarios, que supongo que llevará parejo también más residuos en los hogares. En Madrid, los vertederos y las incineradoras están desbordados. Han tenido que habilitar Valdemingómez para quemar 50 toneladas diarias de residuos que habían estado en contacto con el COVID-19. Cada vez que echaba al cubo de basura una mascarilla de un solo uso, agarrándola con cuidado por una de las cintas y dejándola caer a la bolsa del resto, como si cogiera una lagartijilla por la cola, me ponía nerviosa, mirando los desechos con culpabilidad. El Laboratorio de Ideas sobre Residuos ha lanzado un proyecto para que personas voluntarias pesen en sus casas, antes de tirarlas, las bolsas de los residuos generados durante el confinamiento, del 5 de de mayo al 5 de junio. Me apuesto a que los resultados van a ser espeluznantes. El plástico ha resurgido durante el coronavirus, vemos mascarillas y guantes tirados por las calles y el campo y, el colmo fue verlas llegar al mar, en  la foto de las mascarillas pescadas por un activista de OceansAsia.

Siguiendo la Guía para la compra de mascarillas del Ministerio de Consumo, me quedó claro que en casa necesitamos mascarillas higiénicas, no quirúrgicas ni con efes ni con pes. De hecho, en cuanto pase por la farmacia a recoger la FFP2 que nos regala la Comunidad de Madrid, la donaré en mi centro de salud. Las dimensiones de la pandemia (por usar una frase hecha que me encanta) merecen pasar al siguiente nivel, que no significa una mascarilla de mejor calidad, sino una que no tenga que tirar a la basura. Si fuera una señora adinerada y despreocupada, compraría por 40 euros unas máscaras de seda maravillosas que hace Susie Cave, la esposa de Nick Cave, en su marca The Vampire’s Wife, donando el cien por cien de lo que gana con ellas a la OMS. Se agotaron en un día, casi como las quirúrgicas en el peor momento de la pandemia en Madrid. Las marcas de moda están haciendo mascarillas con el mismo tejido que vestidos y bañadores, para pasar un verano chic, a unos precios de escándalo. No hay revista de moda o femenina que no haya hecho ya su reportaje sobre eso.

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