Diario del coronavirus (58): Los dos extremos de la misma calle

El 8 de marzo me encontré en la manifestación con una amiga a quien le expliqué mis achaques. De inmediato, me recomendó a un buen fisioterapeuta y osteópata. Le llamé al día siguiente y diversos asuntos impidieron concertar una cita esa semana. Cuando lo intentamos para la siguiente, nos llovió encima el chaparrón del estado de alarma y dejaron de ser nuestros obstáculos individuales cotidianos lo que nos frenaba, para convertirse en algo tocho y colectivo que no hacía falta explicar. Han pasado dos meses y diez días y hoy por fin se ha producido esa primera cita, así que siento que no solo mis músculos, sino también la vida, se despereza.

Para llegar a su consulta, en el barrio madrileño de Lavapiés, he tenido que cruzar la ciudad en moto a las siete de la tarde. Hacía más de dos meses que no circulaba de esa manera por las calles, ni tampoco me alejaba tanto de mi casa, ni veía tantos rostros y voces diferentes a los habituales. El color y el olor de Lavapiés es excepcional. Me dieron las ocho dentro de la consulta y los aplausos estallaron en la calle central del barrio. Los oíamos bien desde allí. Tumbada en la camilla, dí tres simbólicas palmadas. El fisio me explicó que allí los aplausos no aflojan y que nadie sale a golpear cacerolas. No en Lavapiés. Cuando salí, poco después, las calles bullían de paseantes, clientes salían y entraban en las tiendas de alimentación y también estaban las típicas gentes de Lavapiés que son como gallegos, que ni van ni vienen. Pasé por delante de una farmacia sobre la que había oído hablar: una en la que recogen las mascarillas FFP2 que nos regala la Comunidad de Madrid para repartirlas entre las personas que no tienen tarjeta sanitaria. Entré, recogí la mía y la dejé en una caja. La farmacéutica me echó una sonrisa que era puro paracetamol desde su lado de la mampara de protección. Yo se la devolví con afecto, hasta que me di cuenta, ya fuera de la farmacia, que llevaba puesta la mascarilla sobre la boca.Regresé a casa recorriendo la Ronda de Valencia, que desemboca en Atocha, y continúa hacia el norte por el gran eje que organiza la capital de sur a norte: el paseo del Prado, Recoletos y Castellana. El sol brillaba, la temperatura era agradable, los árboles del paseo desprendían un olor embriagador y yo misma salía de Embajadores reconfortada. Frente a la estación de tren, donde comienza el Jardín Botánico, me rodeó un enjambre de ciclistas. Como si la bicicrítica, esa masa crítica que circula por Madrid el último jueves de cada mes, se hubiera hecho felizmente gigantesca. Ocupaban dos y hasta tres carriles con bicis veloces, artefactos renqueantes o las eléctricas de BiciMad. Había parejas que se decían cosas bonitas mientras pedaleaban, como solo he visto hacer en Holanda. Y todos ellos se movían acompañados de patinadores y corredores que tomaban la calzada. Algunos de estos en dirección contraria a la marcha de los coches, como hacemos por la carretera en los pueblos, para que se nos vea bien. Yo avanzaba a su mismo ritmo, un poco avergonzada por ir en moto, quemando gasolina a 20 km/h, a veces incluso a 15. No me importaba la lentitud, pocas veces he visto en Madrid una invasión tan bella y quería disfrutarlo. Antes de llegar a Nuevos Ministerios, un grupo de cuatro patinadores se situaron delante de mí mientras circulaba por el carril bus taxi y, durante varios kilómetros avancé a su misma velocidad pero cinco metros por detrás, mientras hacían acrobacias, acompañados por la música de un altavoz que portaban. Parecía la secuela de Xanadú. La Castellana estaba tan vacía de coches que llegué a asustarme por si acaso me había pasado algún control de peatonalización. Fue uno de esos momentos cursis en los que adoras tu ciudad y quieres mucho a la gente. Me emocionó tanto que quería pararme, sacar el móvil y pedirle a todo el que conozco y sepa montar en bici que, cuando den mañana las ocho, salgan a dar una vuelta por la ciudad, porque ha sido conquistada por los ciclistas y es maravilloso.

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