Diario del coronavirus (60): La tecnología que no salva la distancia

La última vez que murió un amigo cercano, hace ya más de diez años, los que nos quedábamos aquí sin él nos juntamos en la desalmada sala del tanatorio para darnos calor. En ella había dibujos, fotos y música, así que entre esa ayuda, los recuerdos compartidos, los abrazos de consuelo y la tristeza común, pudimos enfrentar mejor el día siguiente. Si la muerte de mi viejo amigo Ernesto no hubiera sucedido ayer, durante este excepcional estado de alarma que nos mantiene alejados los unos de los otros, hoy podríamos habernos reunido, imagino, en una sala similar a aquella, a la que seguro que también alguien habría traído un altavoz, habrían sonado canciones de los Byrds y habríamos echado las horas recordando unos las anécdotas que otros hubieran olvidado. Hay un lugar para las grandes palabras, que son necesarias y colocan la memoria de las personas en un lugar de importancia, pero las palabras pequeñitas reconfortan más en los momentos de tristeza grande; chorradas sin importancia que no sabes ni cómo se te han quedado impregnadas en la memoria a largo plazo.

Al no tener ese lugar de reunión y consuelo, algunos amigos hemos volcado esas pequeñas historias en Twitter, a pesar de la impudicia y la desprotección que ello supone. Tampoco era nada secreto, quizás más bien recuerdos tontos, de los que te hacen sonreír y echar de menos. No son cosas que puedas incorporar a un artículo —Ernesto era un músico esencial en la escena musical independiente— pero son con las que ríes y lloras en tanatorios y cementerios. Hemos leído mucho en estos días sobre el dolor de las familias que han perdido a sus queridos en golpes mortales de la COVID-19 y está claro que la anulación de los ritos de duelo nos va a pasar factura en el futuro. Todos los días encontraba, sin buscarla, una despedida en Twitter que no pudo realizarse de otra manera. Leía palabras cargadas de dolor de personas que no conocía de nada, a las que ni siquiera seguía, hablando de una abuelo, de una madre o un amigo. Supongo que se hacíamos literal la frase de acompañarles en el sentimiento. Aunque fuera un ratito, ese día.

Yo ayer habría necesitado destapar una cerveza tostada bien fría, verterla en un vaso y brindar con sus amigos por los grandes momentos que compartimos. En lugar de eso, sola y aislada, abrí cajas y carpetas donde sabía que podía encontrar su rastro en el pasado, me puse sus canciones y me prometí, en silencio, que él no sería olvidado. En el día de hoy, me mandaron un enlace para participar en una reunión virtual, un pequeño remedo digital de ese encuentro que el coronavirus nos está escamoteando. Pero la frustración era aún más grande porque no me funcionaba, quizás había demasiadas conexiones, quizá mi combinación de navegador y sistema operativo no encajaba con ese sistema. No es tan fácil decir que la tecnología nos ayuda a salvar distancias cuando falla todo el rato sin saber porqué. Algo parecido le pasó estos días a mi pareja, que se ha estado dando de bruces con el sistema de registro del Ayuntamiento de Madrid, tras decenas de horas tiradas a la basura, en múltiples combinaciones tecnológicas de todo tipo, para hacerlo funcionar. Finalmente sin éxito.

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