Diario del coronavirus (61): «Mamá, despiértame a tu hora»

Estamos agotadas. Nunca había necesitado un verano en primavera pero este año sí. Al igual que tantos eventos se han aplazado en 2020, propongo que al menos haya uno que se anticipe: las vacaciones. Ya sé que no es plan venir con estas en mayo, que lo que piden los agentes externos es volverse superproductivos de nuevo, que justo ahora nos estamos desescalando con ganas (y hasta cortándonos el pelo y haciéndonos la cera) y que todavía queda mucho por hacer antes de tumbarse en la hamaca, pero de verdad, por una vez, al menos, que acabe el curso escolar ya.

Mi hija, que está cerca de cumplir los 9 años, cada día se acuesta más tarde y se levanta cuando se lo pide el cuerpo. Todos los días me propongo despertarla pronto pero esas dos horas que le llevo de ventaja en la mañana son las dos únicas que puedo trabajar con plena concentración. No le caben en el día todas las tareas que tiene pendientes, no porque sean muchas (aunque se han acumulado de tal manera que empiezan a parecer un inabarcable trabajo de fin de carrera) sino porque hace tiempo que su cabeza se ha ido de vacaciones, en clase preferente. Me pide: “mañana, mamá, despiértame a tu hora para que me dé tiempo a hacerlo todo”, pero es imposible, cuanto más se expande el día, más crece el poliespán de los ratos muertos, los intervalos que ocupan más tiempo que los actos en sí: por ejemplo, cinco o seis veces más de tiempo ocupan los gestos anteriores y posteriores al vestirse que el momento de ponerse las prendas encima. O lavarse los dientes: veinte segundos rodeados de diez minutos de poses frente al espejo, de un cuarto de hora probándose diademas e inventando coletas, media para hacerle una cuna al muñeco en el bidé con las toallas, contarle un cuento a su bebé y ponerle una canción en el móvil, que al final se convierte en otra media hora más porque buscando la canción de cuna acabó viendo un vídeo de Los Polinesios, no se sabe cómo. De repente, es la hora de acostarse, el cuarto de baño está hecho unos zorros y hoy tampoco se ha bañado. “Mañana, mamá, despiértame a tu hora para que me dé tiempo a hacerlo todo”, me dice de nuevo.Uno de esos últimos días de lluvia que tuvimos, pasamos una mañana machadiana haciendo cada una nuestros deberes, en nuestras respectivas habitaciones, con los spotifies sonando bajito, mientras la melancolía mojaba los cristales. De vez en cuando iba a echarla un ojo. Ella estaba enfrascada en su ordenador, haciendo juegos matemáticos en una de las plataformas que sus profesoras están usando para avanzar materia. Me pregunto dónde estaban estas plataformas antes, cuando también las necesitábamos. Esa mañana sí que me cundió lo mío. Miré el reloj y era casi la una; me extrañó que llevara tanto tiempo sin llamarme o venir a curiosear lo que hago. Me dirigí a su habitación en cuclillas y, bueno, la pillada fue monumental, más o menos como la intensidad de mi enfado. Hacía largo rato que la pestaña de Matific del navegador estaba criando telarañas. En cambio, los videos de sus youtubers mexicanos de cabecera estaban en puro prime time. “¡Apaga el ordenador!”, grité, sonando exactamente igual a mi madre en 1988.

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