Diario del coronavirus (65): Vis-à-vis en la residencia

Con la llegada de la fase 2 a gran parte de territorios, mis primos han podido ir a visitar a sus padres, que son mis tíos, a la residencia en la que viven en A Coruña. Mi prima Y. nos enviaba por un chat familiar la fotografía de la sala en la que había podido ver a su padre. Si no te advierten que es una residencia de ancianos, da la sensación de que ha sido tomada en una cárcel. Podríamos decir que es una prisión de alta seguridad no para evitar evasiones sino para impedir lo contrario: incursiones del virus. “Es como un vis-à-vis”, dijo Y. La imagen impresiona y es la que abre esta entrada del diario. Me provoca una gran sensación de soledad, incluso aunque no hay nadie en ella. De hecho, es un sentimiento similar al que experimento cuando visito la residencia. Cuando voy, me desarmo, no tengo callo ni coraje para afrontar la vejez como es debido, para acompañar como necesitan. Ya puedo ir espabilando, me dijo a mí misma. En cambio, la entereza y la energía de mi prima M., que acude con frecuencia no solo a ver a su madre, sino a sus tíos, que son también míos, a la resi, como dicen cariñosamente, tiene toda mi admiración y agradecimiento. La manera en que M. consigue empujar la tristeza para que no tenga cabida en esos momentos, para seguir adelante en los días más duros, es mi gran ejemplo.

Las medidas de seguridad en la residencia son duras pero necesarias. No creo que nadie las cuestione. Hemos visto en Lleida un repunte de casos, algunos en una residencia geriátrica, y nadie se quiere arriesgar. En la de mis tíos no ha habido un solo caso; no es cuestión ahora, con todo lo que sabemos, de ir hacia atrás. Antes de entrar, hay que pisar en unas cubetas para desinfectar los zapatos. Ya en el locutorio que se ha establecido, las visitas ven a los internos a través de un cristal y se hablan mediante un micrófono, para amplificar la voz. Intento imaginar qué pensarán mis tíos, cómo será su extrañeza, ante estos protocolos que, estoy segura, no llegan a comprender.

Al otro extremo de la vida, en la misma línea genética, la niña Eleonor, todavía en fase 1 de la desescalada, asimila con rapidez los cambios pero tampoco creo que acabe de comprenderlos en profundidad. Me ha preguntado, una vez más, porqué no puede venir a dormir a casa su amiga. Acata, pero no acaba de ver qué pasa porque, finalmente, la amenaza ha sido invisible. Lo comentaba hoy con mi vecina M. de balcón a balcón, tras unos desaboríos aplausos en los que faltaban las vecinas más animada y acusábamos las manos que van causando baja; parece que el gesto en defensa de la sanidad pública se va diluyendo poco a poco, quizás justo cuando más respaldo necesitan. M. me decía que no acababa de acostumbrarse al enemigo invisible: el relato de lo que nos ha pasado sigue siendo asombroso. Si pudiera ir a la residencia e quisiera contárselo desde cero a uno de mis tíos, aquejados de alzheimer, pensaría que le estoy metiendo una trola.

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