Diario del coronavirus (67): Los primeros turistas en la ciudad

Cada día, expandimos un poco más los límites del confinamiento. En concreto, hoy los hemos expandido hasta Goya. Para los que no conocen Madrid, me refiero a una zona comercial en el barrio de Salamanca, no al pintor. Son dos kilómetros los que separan nuestra casa de esas calles y los hemos cubierto caminando. las bochornosas imágenes de la irónicamente denominada “revolución de los cayetanos” sucedían en este barrio. Hemos ido Alberto y yo con nuestra hija Eleonor, montada en el patinete, corriendo riesgos extremos, zigzagueando entre las clásicas señoras que caminan en grupo (lo siguen haciendo agarradas del brazo, como lo hacían antes, pero ahora ataviadas con mascarillas), otra familias con otros niños suicidas en patinete, las mesas de las terrazas, las colas para conseguir mesa en las terrazas y las colas para entrar a los comercios. Al desandar los mismos dos kilómetros de vuelta a casa, no veía la hora de llegar y encerrarnos como si todavía estuviéramos trepando angustiosamente por la curva de contagio.

Nos dirigíamos a una pequeña tienda de cómics llamada Atom. A medio camino, en la señorial calle Ortega y Gasset, escuché mi nombre a gritos, proveniente de entre los coches. Miré y no ví nada. Al poco, se abrió paso montada en su bicicleta mi amiga C., que regresaba de su trabajo en un librería del centro. Dice que no sabe cómo nos ha reconocido, si vamos los tres con gafas de sol y mascarilla. Es ironía, claro, la verdad es que los tapabocas no enmascaran a nadie, más bien al contrario: Eleonor lleva tiburones; Alberto, camuflaje; yo, negro luto y las señoras del barrio de Salamanca, banderas de España. Imagino que cada uno pone por delante sus miedos. Lo de mi hija con los tiburones tiene categoría de trauma, me imagino que a los demás nos pasa lo mismo.

La pregunto a C. cómo va la cosa por la librería. Nos cuenta que le ha llamado la atención que los clientes que entran van a comprar, lo cual hace el trabajo mucho más efectivo. Cuando había turismo en el centro de Madrid, la mayoría entraban para darse una vuelta. Visto como estaba hoy la ciudad, en un barrio que no podríamos considerar el centro pero sí bastante céntrico, lo único que falta por volver a la calle es el turismo. Y eso a pesar de que muchos de nosotros parecíamos turistas en nuestra propia ciudad. Alberto y yo, que somos ya un par de viejos nostálgicos, caminamos por la calle Conde de Peñalver mirando con pena los comercios y señalándolos diciendo: mira, aquí había un cine; mira, allí había una juguetería. “¿Te acuerdas de cuando estuvimos en ese bar?”, le pregunto. Me dice que sí y la verdad es que es un milagro porque hace al menos quince años. El asombro por algunas de las cosas que vemos barre con la melancolía. Por ejemplo: hay colas para todo pero las más largas están en las tiendas de ropa. No me refiero a las añejas corseterías o las boutiques de ropa fea y cara propias de esta zona. No, ya sabéis a qué tiendas de ropa me refiero. Hay al menos quince personas haciendo una fila que avanza muy lentamente. “Puede entrar una persona”, dice una chica en la puerta, armada con un dispensador de gel y unas toallas de papel. El problema es que son dos amigas y quieren entrar juntas. No me detengo a esperar el desenlace y seguimos nuestro camino.

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