Diario del coronavirus (7): “¡Viva el coronavirus!”

Hoy me he pintado los labios. Ha sido emocionante. “¿Adónde vas?”, me pregunta Eleonor. “¿Yo? A ningún lado”, le contesto encogiéndome de hombros. Habrá pensado que su madre está loca por pintarse los labios para no salir de casa o que está más loca aún por salir a la calle a saltarse el toque de queda. Mientras me mira silenciosa en el reflejo del espejo del baño, y yo decido añadirle a mi cara macilenta un toque de colorete, noto que su cabecita está valorando una opción o la otra. Sin añadir nada más, sale de allí para dirigirse a su habitación. Cinco minutos después, vuelve. Se ha puesto uno de sus mejores vestidos, una fina chaqueta granate y las medias de nylon de Totoro que tenía por estrenar y que le había regalado su padre. Apunto estoy por regañarle un poco, previendo una más que probable carrera en las medias nuevas, cuando decido contenerme y, en lugar de eso, abro el cajón de los peines y le digo: “quizá hoy sí es el día para cepillarte el pelo”.

Paso la mañana dedicándole ratos al trabajo y ratos al seguimiento de sus deberes, como los días anteriores. En una peripecia circense, que a ella le encanta, hacemos las dos cosas a la vez. Como la pantalla del ordenador es grande, puedo ponerle los ejercicios que le han mandado en un tercio y, en los otros dos, un pdf que necesito ver y un doc en el que necesito escribir. Ponemos dos sillas juntitas en la mesa del estudio y, al final, acabo dedicándole más tiempo a la reproducción de las plantas (reproduction of the plants, os recuerdo que os hablamos desde Madrid y aquí hacemos a los niños extravagantemente bilingües en natural science) que a lo mío. Yo ya sabía que esto iba a ser así, pero hoy no tengo fuerzas para decirle que no a casi nada. Atención, que aquí viene el momento más dulzón que vais a encontrar en todo este diario. “¡Viva el coronavirus!”, grita, de golpe, mi hija. “¿¡Pero qué dices, niña!?”. El ratón se me cae al suelo del susto. “Viva el coronavirus porque así puedo pasar un montón de rato con mi mami. No quiero que la cuarentena se acabe jamás, jamás, jamás”. Ay. No me digáis que no os lo advertí.

A las dos de la tarde le digo que ya es suficiente, que la diferencia entre tree, bush y grass ha quedado clara, y que será mejor levantarse para hacer la comida. Me refería a mí, que en realidad casi buscaba un poco de aislamiento en la cocina ante este continuado ataque de mamitis, pero ella lo ha tomado como una invitación. El pescado que saqué esta mañana del congelador estaba listo y podía proceder a enharinarlo. Eleonor me manifiesta su intención de ayudar habiendo metido, con la rapidez de Sonic, las manazas (perdón, manitas) de lleno en el plato del polvo blanco, dejando caer a plomo el lomo de merluza empapado en huevo, provocando en consecuencia un pequeño hongo nuclear cuya onda se expande por su fina chaqueta granate. 

Argh. Dije que hoy no me enfadaría.

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