Diario del coronavirus (70): Abraza tu hospital

Hace tres años, durante las movilizaciones en defensa de la sanidad pública, cuando podíamos rozarnos, aproximarnos, tocarnos sin temor al contagio, fuimos a abrazar, no a otro ser querido sino a un hospital. En Madrid, el hospital que me corresponde por domicilio, el llamado de La Princesa en Diego de León, sintió el cariño de muchas personas que le rodearon en una serie de manifestaciones convocadas por la Mesa en Defensa de la Sanidad Pública. Era emocionante ver a la gente de la mano, los gritos, las pancartas y la firmeza de las reclamaciones. Se temía, como se teme todavía, el desmantelamiento de la sanidad pública. Se sufre, como se sufre hoy, la precariedad laboral. Se denunciaba, como hemos constatado trágicamente en estas semanas, la reducción de camas. Se alertaba, como hoy, del peligro de la privatización del sector.

El hospital infantil al que llevo a mi hija Eleonor, a ver a su dermatólogo o a su oftalmóloga, que por cierto y por pura casualidad es la madre de un compañero de su clase, qué pequeño es Madrid y qué ilusión hacen estas cosas (otro día cuento la cara que puso mi hija cuando se abrió la consulta y reconoció a la doctora de bata blanca que la esperaba), se llama Hospital Niño Jesús y no está lejos de La Princesa. La misma Mesa defensora de aquellos tiempos, lo que conocemos como Marea Blanca, es la que nos alerta hoy de una “privatización encubierta” de ese hospital, que ya había ido constatando la reducción de camas y personal. Es cierto que, cuando vamos allí a las consultas, como ocurría hace años con La Princesa, el lugar se ve viejo (porque lo es), desconchado y anticuado. Pero un hospital no son sus apariencias sino su capacidad para curarnos. Con la excusa de construir un nuevo pabellón y un aparcamiento subterráneo, la comunidad autónoma ha buscado la colaboración privada para financiar la inversión, por lo que será una empresa la que explote las plazas de parking. Y lo ha hecho con Madrid aún en fase 1, lo cual es un momento particular. Lo de aparcar el coche en los hospitales es como lo de comer en un aeropuerto, uno siente que financia la estancia propia, o del familiar visitado, con elevadísimas tarifas de aparcamiento, botellas de agua a precio de champán y monedas para el televisor. Hay circunstancias en las que te da igual pagar lo que sea, así que no es de extrañar que haya quien vea negocio ahí. La Marea Blanca viene luchando desde 2012, en la resaca del 15-M, contra el cambio de modelo, y parece que ahora truena de nuevo. Como si fuera la típica reacción hacia (ejem) un cantante que amas, primero lo aplaudes y luego te dan ganas de salir a abrazarlo. Pues con el hospital, igual.

Últimamente me sentía desamparada al confrontar el miedo a la enfermedad con el sistema de salud. Lo he contado por aquí. Después de enfrentarme en diversas ocasiones a lo largo de un mes con el diabólico y burocrático laberinto de la atención telefónica robotizada, así como con la barrera administrativa de mi ambulatorio, no me quedó otra que personarme en el hospital de La Princesa, donde tendría que hacerme una prueba que había pedido mi médico de cabecera. Cuando hablas con médicos, médicas, enfermeros y enfermeras así como con el personal auxiliar, incluso con el vigilante de la puerta que contestó mis preguntas, sientes que la sanidad no es ese contestador automático en el que dejas varias veces un número identificador y nadie te llama nunca, que tampoco es la soledad de los cuatro meses de lista de espera, que no es un logo, un tarjeta de plástico en la cartera, unas declaraciones de un consejero de sanidad. La medicina son los ojos de una auxiliar de enfermería en la secretaría de endoscopias que se arrugan en un gesto de sonrisa y una inclinación de la cabeza, porque su boca está tapada con una mascarilla azul y no sabes lo que pasa debajo. La medicina es que se lea tus papeles, se salte el sistema informático, donde tu cita ha desaparecido misteriosamente, se los lleve prestados y se vaya a buscar un médico para contarle tu caso. Es medicina que su compañera pruebe desde su teléfono a llamar a esa trampa telefónica de opciones y mensajes pregrabados que no te lleva a ningún sitio y que diga “¡pero si esto no funciona!” y la sientas en el mismo barco. La medicina es que vuelva la primera enfermera y te diga que no te preocupes, que está todo solucionado y te entregue una cita para una semana después. De verdad que quería saltarme todos los protocolos y pegarle un abrazo tan fuerte que casi no pudiera ni respirar.

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