Diario del coronavirus (71): ‘Relaxing’ medidas de seguridad ‘y ‘stressing’ en las terrazas

Le preguntaban a una señora con un micro a pie de calle, delante de unos comercios que acababan de abrir después de días criando polvo y telarañas, que qué había salido a comprar. Pijamas, dijo ella. Nos dio risa porque pensábamos que después del confinamiento nos esperaban fiestas sofisticadas con trajes elegantes y zapatos de tacón de aguja. Salir a comprar pijamas, para seguir estando en casa de esa guisa, no es la desescalada más glamourosa del mundo. “Es que los tenemos todos raídos de tanto usarlos”, explicó la señora, resumiendo el confinamiento en pocas palabras.

Este año nos hemos comido la ropa de entretiempo. Me lo decía con tristeza mi amiga I. cuando fuimos a su portal para felicitar el cumpleaños de N., su compañera de piso. En Madrid es que no tenemos entretiempo, pasamos de la lana al tirante en cuestión de tres días. Yo tengo un vestido liviano de manga larga que solo me puedo poner si me dan la oportunidad de salir de casa en uno de esos tres días. Pues este año, ni eso. Todavía hace un par de semanas que he guardado los jerseys de lana (los de Eleonor ya desaparecieron a finales de abril). Ayer, mientras observaba el chaparrón que nos caía en la ciudad, propio de una furia de dioses mitológicos, me arrepentía de haberlos guardado ya. Hay que estar preparada para lo que venga y hay que confiarse menos, me decía a mí misma, un poco hartita de no aprender las enseñanzas de este sorprendente año 2020. Qué risa el día que nos acordamos de que Madrid quería celebrar los juegos olímpicos este año con una relaxing cup of café con leche in Plaza de Mayor. Yo no sé si se han hecho suficientes memes sobre este asunto.Hay muchas terrazas ahora mismo que de relaxing tienen bien poco. Stressing caña de cerveza en los bares de la Guindalera, el barrio contiguo al mío, según me cuenta mi amigo H., un periodista capaz de sacar una historia de un alcuza y de inmediato explicarte la historia del origen de la palabra alcuza. Hay un bar (voy a omitir los nombres para no levantar suspicacias) que se ha puesto de moda. Dice mi amigo que podría estar en la Malasaña de hace quince años o en el Lavapiés de hace diez, pero que ha surgido en la Guindalera de hoy en día quien sabe si como una amenaza de futura gentrificación. Para hacer uso de la terraza hay que reservar y solo se puede estar un tiempo cronometrado. Mi amigo fue educadamente desalojado a los 20 minutos; menos mal que las vacía rápido. La misma fuente, sin duda una de mis mejores conexiones con los bajos fondos de la ciudad, me informa de que en el mismo barrio la policía está haciendo una intensa labor de marcaje a la expansión de los bares por las aceras. Un restaurante añadió una mesa más a su despliegue callejero, con la esperanza de que nadie se diera cuenta; les hicieron retirarla. Un bar sin terraza improvisó con picaresca unas banquetas en la acera, sin mesas, rollo pub de los 90; no coló. En un bar de viejos de toda la vida sacaron todo su arsenal interior y lo desplegaron por la acera, quizás pensando que su titulación “bar de viejos de toda la vida” le daría privilegios sobre el resto, como las señoras y señores de cierta edad que se cuelan en la cola del súper; y no fue así. La desescalada está llena de estas historias y es un tema de conversación recurrente cuando te sientas en una terraza a tomar algo.

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