Diario del coronavirus (73): Todas las fiestas del mañana

En la clase de mi hija Eleonor, que este año ha cursado un atropellado tercero de Primaria, existe la costumbre desde el primer curso de Infantil de celebrar los cumpleaños en grupo, repartidos por trimestre. A medida que han ido creciendo, los grupos iban perdiendo densidad, pues se establecían diferentes alianzas o, lo cual he vivido con mucha frustración, los niños querían celebrar cumpleaños solo de niños, y las niñas solo de niñas. A pesar de ello, el grupo de compañeros y compañeras del tercer trimestre, con los que Eleonor viene celebrando conjuntamente el cumpleaños, desde que tenía 5 años, se ha mantenido bastante unido, convocando una fiesta siempre memorable en el Parque de Berlín, con juegos, merendola casera y un Darth Vader persiguiendo a un porrón de niños con una pistola de agua. La guerra la ganaban siempre los cadetes de la Alianza Rebelde.

El coronavirus se ha llevado por delante esta celebración y me da miedo pensar que, por su fragilidad, sea una de estas cosas que cuesta retomar cuando pierdes la inercia. Lo cierto es que había tantas cosas de las que preocuparse que no nos habíamos dado cuenta de que este curso no tendríamos la gran fiesta de cumpleaños conjuntos de la primavera. Los niños y las niñas han ido cumpliendo los 9 años en la soledad de sus confinamientos familiares, en un mundo de retorno al nido, en el que los amigos han estado bastante ausentes. Sé, porque los conozco, que hay niños y niñas de esta edad que todavía no han tenido la oportunidad de ver a nadie de su edad salvo por videollamada. A mí me gustaría decirles que puede haber un término medio entre lo que Eleonor llama “fiesta del coronavirus” (el despiporre) y la vida entre algodones, pero hay ciertas decisiones familiares en las que no te puedes meter.

Este sábado, una de las amigas de Eleonor, habitual compañera de festejos, ha celebrado su cumpleaños en el mismo parque, con una lista de invitados necesariamente restringida. Ha sido una fiesta reducida a la mínima expresión: la merienda fue sustituida por la compra de unos helados para llevar en un lugar cercano y la gran guerra de agua contra el villano de la galaxia, por el lanzamiento de globos de agua a larga distancia. A pesar de los chorrazos de agua, las mascarillas aguantaron bastante bien en las caras de los pequeños. Los mayores, en cambio, la descolgaban de una oreja o la ponían en modo papada para darle unos tragos furtivos a unas cervezas clandestinas. En un momento dado, apareció un coche de policía. Los agentes se quedaron mirándonos, claramente haciendo recuento (yo volví a hacer lo mismo: éramos siete) y con maestría las latas de cerveza desaparecieron de la vista y no hubo mascarilla que no tapara por completo las vías respiratorias. Somos madrileños y madrileñas curtidas en el arte del botellón y sabemos cómo adaptarlo a las circunstancias, por muy extraordinarias que sean. He de decir que, en verdad, la idea de los padres anfitriones no era esta. El plan incluía tomarnos esa cerveza en una terraza que visitamos con cierta frecuencia, no lejos del parque. Está situada en una plaza y nuestros hijos e hijas corretean por ella con alegría. Ya habíamos hecho eso en otro momento de la fase uno. Pero estaba mal hecho, como otras muchas cosas que hemos realizado sin pensarlas demasiado en estos tiempos de desescalada. Los dueños del bar también recibieron una visita de la policía y no fue agradable. Quedaron advertidos de que los niños no podían andar “sueltos” y que pertenecían a la unidad de consumo a la que estuvieran adscritos. Es decir, que siete adultos y cinco niños que no se sentaban a la mesa, formaban en realidad un grupo de doce, algo fuera de los márgenes de la fase uno. La madre de la amiga de Eleonor insistió en que los niños no iba a tomar cerveza. El dueño insistió en que lo que ellos bebieran o no le daba igual, pero que tenían que quedarse sentados en la misma mesa, escuchando las tediosas conversaciones de los padres y las madres. Nada de andar “sueltos”. Es más, para que no sucediera lo inevitable, que los chavalitos a la mínima distracción se escaparan de sus asientos, el bar había instalado unas mamparas para separar el estar en la plaza del estar en la terraza. “Ah, pues así no”, dijo o me decía a mí que pensó la madre de la cumpleañera.

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