Diario del coronavirus (76): Invitados en casa en la segunda fase

Tengo una teoría sobre la percepción del contagio. Pienso que creemos que los desconocidos infectan más fácilmente que los conocidos. Es extraño porque, en un principio, los desconocidos guardan más la distancia personal, por el sencillo hecho de que es de mala educación acercarse mucho. En cambio, la intimidad que tenemos con los familiares y amigos hace que confiemos en que vienen limpios de virus y, por tanto, no haya nada que temer. Por eso no me extraña nada que la gente se esté contagiando mucho en las fiestas de cumpleaños (que se está comprobando que son bastante multitudinarias, en parte porque hay quien tiene muchos amigos y también porque se han acumulado varios festejos que se celebran de golpe, colectivamente) y muy poco en el transporte público. Vamos a montarnos en el metro y en el autobús casi con el EPI puesto, cargados de miedo. Hacemos todo lo posible por evitar “meterse ahí” pero, en cambio, nos quitamos la mascarilla en las casas de la familia. Nos acompaña esa idea irracional de que el miedo está fuera y no dentro. Que el miedo es el otro, el extraño.

Cada día se detectan en torno a un centenar y medio de personas que se han metido el coronavirus para el cuerpo y, de ellos, la mitad suelen estar en Madrid, que sigue siendo la comunidad autónoma más afectada, pero si no te quitas la mascarilla en una cena familiar, eres un paranoico; aunque si vas a trabajar a una oficina con tres personas, te juegas la vida. Se ve que con la fase 2 venían de regalo los juicios a pie de calle y los expertos en virología sin fronteras. A los que se nos dan mal las interacciones sociales nos vino bien el aislamiento: al fin no había que inventar ninguna excusa para no acudir a eventos con mucha gente, para no besar, para quedarse en casa. Nunca me ha gustado saludar con dos besos a los desconocidos pero lo hago para no generar tensión. Cuando, en contextos formales, tiendo la mano, suelo generar una primera impresión de borde. Me gustaría que una de las características de la nueva normalidad sea saludar como quiera sin ser juzgada por ello.Desde que entramos en fase 2 hemos tenido una comida en casa y una cena en otra. En nuestro salón, me sentí extraña acomodando la mesa para siete. Incluso saqué un mantel de tela y retiré el socorrido plástico —pero de elegante estampado toile de jouy que tantas veces se ha visto en las fotografías que acompañan este diario— para celebrarlo. Venían los tíos y el primo de Eleonor nada menos que desde Parla, que es uno de los sitios más lejos de los que puedes venir en fase 2. Era todo un acontecimiento. Los primos, acostumbrados a jugar cada día online a su videojuego favorito, hablándose por un micro mientras construyen cosas, hicieron exactamente lo mismo pero en persona. Su primo se puso contento, no solo por la momentánea desvirtualización, sino porque Eleonor llevaba varios días castigada sin jugar debido a una creciente desidia por las tareas escolares. Quitarle las pantallas ha funcionado, sino para que recobrara el interés por el estudio, al menos para dirigir su imaginación hacia otros lugares que siempre quedan relegados cuando hay YouTube y consola. Como poco, lee más, lo cual ya es un avance.

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