Diario del coronavirus (77): Películas que nos montamos

Cada nueva hazaña en la desescalada, Eleonor y yo la vivimos como una aventura. “¡Y ahora, vamos a coger el metro!”, le digo, como si acabara de proponerle un viaje en globo, la vuelta al mundo en 80 días o bajar hasta el centro de la Tierra. Mi hija me mira con incredulidad y valora sus opciones. Me contesta: “Goya no está tan lejos, no me importa ir andando”. La miro atónita. Le ha dado canguelo. Nunca la había visto tan dispuesta a caminar dos kilómetros. Venga, le digo, llevamos mascarillas, intentaremos no tocar nada, he traído gel y son solo tres estaciones. Estoy intentando convencerla porque la llevo a unos grandes almacenes para comprarle un regalo de cumpleaños y me temo que, si se cansa por el camino, el Amanecer de los muertos de Zack Snyder va a ser una comedia ligera al lado de nuestra experiencia.

Era la primera vez que bajábamos al subterráneo y mirábamos a nuestro alrededor con asombro y aprensión. Noté que habían eliminado objetos y obstáculos, que las escaleras y el vestíbulo se veían más limpias y despejadas. Contribuía a ello la ausencia de gente, de eso Eleonor se dio cuenta enseguida y no paraba de señalar a la nada: “mira, mamá, no hay NADIE”. Nos llamó la atención, como siempre en esta pandemia, la comunicación de la emergencia: los carteles con medidas de seguridad, las indicaciones en el suelo para marcar la distancia de seguridad, los carteles recordando la obligatoriedad de las mascarillas y los mensajes por megafonía. Cuando llegamos al andén, acabábamos de perder un tren y hubo que esperar más de diez minutos por el siguiente. El Metro de Madrid anterior al coronavirus no se caracterizaba por su gran frecuencia. Era lógico que ahora, con los viajeros a medio gas, tampoco. Al menos y a diferencia de un sábado primaveral sin pandemia, había tan poca gente que se podía pillar asiento. Pasamos los diez minutos observando a la gente con descaro. Ya me había dado cuenta, paseando por la calle, que vamos con la mascarilla como si nos tapara la cara entera, en lugar de solo media. A veces dan ganas de decirle al otro: oiga, deje usted de mirarme, si no fuera porque yo también lo estoy haciendo, fijamente. Frente a nosotras, en el andén contrario, dos amigas se sientan juntas en un banco. Eleonor, pequeña gestapillo, emite un informe: “mira, mamá, esa lleva la mascarilla en el cuello y la otra colgando de la oreja”. Pues sí, le contesto, bajándole con discreción el dedo que había levantado. “¿Se puede hacer eso?”, me preguntó. No recuerdo qué le contesté, espero que algo cabal, porque estaba más atenta a una penosa escena de ligoteo que sucedía en torno a las chicas y que estaba pasando bajo el radar de Eleonor. Un chico se había acercado a su banco y les decía “qué pena que no nos podamos sentar tres”. Eleonor seguía diciéndome cosas pero a mí se me fue la cabeza pensando en que el coronavirus era como el tiempo o como cualquier otra cosa: una buena excusa para entablar conversación. Las chicas ni le miraron, sin levantar la cabeza del móvil que sostenían entre ambas, riéndose no se sabe de qué. El chaval, humillado, se fue a sentar al siguiente banco.

Eleonor había pedido un puf para su noveno cumpleaños y sacrifiqué la sorpresa del regalo por la posibilidad de que ella misma lo eligiera, lo cual le hizo sentir muy mayor. Nos pateamos arriba y abajo el edificio de estos grandes almacenes, al igual que mi madre lo hacía conmigo cuando yo tenía su edad. Recuerdo los atascos en la sección de perfumería y el mareo que sentía con la mezcla de olores. Recuerdo el amontonamiento en las escaleras mecánicas y como siempre alguien te daba con el pico de una bolsa voluminosa. Recuerdo, también, que a menudo me perdía y acababa dándole la mano a la señora que no era. Todas esas cosas no le podían suceder este sábado a Eleonor porque había pegatinas para marcar la distancia en las escaleras y, a pesar de que había muchísima gente —más que en la guerra diría mi madre, pero en esta ocasión yo diría que más que en el metro— también se creaban grandes huecos entre los núcleos familiares.

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