Diario del coronavirus (79): La arquitectura del buen vivir

Cuando me mudé a este pasaje en el que vivo, hace casi quince años, ya sabía dónde me metía: una vieja colonia falangista que apodaban “la de los militares” porque el Gobierno franquista le daba un piso a un policía o un guardia civil en el entresuelo de cada portal, para tener a la comunidad bien controlada. No es que hiciera mucha falta, a fin de cuentas, estos pisos de protección oficial, diseñados por la Obra Sindical del Hogar (OSH), los repartía el Instituto de la Vivienda, en un régimen de alquiler con derecho a compra, a profesionales afines o empleados de la administración, mediante instancia en la Sección Femenina de La Falange. Con estos antecedentes y los símbolos del “Víctor” y de la OSH, discretamente pegados a la piedra de estos bloques, construidos a finales de los años 40, Alberto y yo compramos este piso a los hijos de sus primeros propietarios (Charo y Zenón, él era policía) con la esperanza de que el clima ideológico de estas manzanas, inspiradas en los fascismos italiano y alemán, se hubiera diluido con el paso de las décadas. 

Con el paso de los años descubrimos que esa disolución se estaba produciendo a un ritmo lentísimo. Aún viven muchos de los inquilinos originales, o bien sus hijos, quienes, educados en sus mismos principios, algunos salían fachas y otros progres, para disgusto de los padres. Cuarenta años de letras mensuales después de la entrega de los pisos, es decir, a principios de la década de los 90, los inquilinos adquirían el piso en propiedad y a partir de ese momento algunos los vendieron, sacando unas pesetas a unas casas baratas, de materiales pobres pero muy bien ubicadas en la entrada a Madrid. Aprendí de una amiga que toda arquitectura es ideológica porque hay decisiones que toman los arquitectos según su manera de entender la vida y la ciudad. En este caso, mi casa es ideología pura: las estancias principales dan a un jardín interior para generar un espacio seguro y vigilado de comunidad; las habitaciones ofrecen sus puertas al salón porque este debe ser el centro de la familia; los bajos se destinan a más vivienda en lugar de a locales comerciales para generar un entorno de aislamiento: una colonia por la que no hay gente de paso que no sean sus propios habitantes, dando así la espalda a los extraños. Sobre si las paredes son tan finas para escuchar las conversaciones ajenas o porque los materiales durante la posguerra no daban para más, hay debate. El caso es que cuando mis vecinos de arriba hacen ejercicio por las tardes, nos tiembla la lámpara del salón y cuando un coche se aventura inadecuadamente por el pasaje peatonal (a veces es la policía o una ambulancia), los del bajo sienten que se les hunde la casa. Por supuesto, la jugada no era tan sencilla como colocar a policías y militares en estos portales, se trataba de que las semillas que se plantaban, pervivieran.

En esta pausadísima transformación, donde un año de vida humana equivale a una década de vida arquitectónica, todos esos elementos ideológicos se van jugando a las cartas contrarias, aunque no sin ciertos roces: pisos que por su distribución son ideales para compartir con los amigos (aunque algunos son derruidos totalmente por dentro, reformulados y convertidos en apartamentos turísticos), vecinos que se ven las caras al salir al balcón, que se saludan, que se cuentan cómo va la vida; niños y niñas que adquieren autonomía moviéndose solos entre los jardines y las calles peatonales. Sueño que la arquitectura del control será un día la del buen vivir: imagino los balcones abarrotados de flora y fauna, fiestas vecinales, cine de verano en las azoteas, pandillas de niños y niñas que se llaman a los telefonillos, un ensayo de tribu donde nos cuidamos los unos a los otros. Ahora tenemos un poquito de eso y otro poquito de guerra de banderas, de batalla de aplausos contra cacerolas, de desconfianza entre los antiguos moradores y los nuevos (“yo llevo 50 años viviendo aquí”, me dijo una vecina unos días antes del estado de alarma para intentar ganar una discusión sobre el uso de un pequeño jardín cerrado con un candado que tenemos en el pasaje).

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