El anarquista y amoral Octave Mirbeau

«El arte no está hecho para establecer que dos y dos son cuatro… El arte está hecho únicamente para ir en busca de la belleza oculta tras las cosas… ¡Para qué escribir lo que todo el mundo sabe…! ¡El último ujier y el último cómico siempre serán, desde ese punto de vista, mucho mejores que tú…! ¡Diablos! ¡Tienes que ser oscuro! La oscuridad es la joya suprema del arte.. ¡Ahí radica su dignidad…! ¡Sólo los patanes y los profesores escriben con claridad! Y es que ellos jamás sintieron que todo es misterio, y que el misterio no se expresa como un calambur o como un contrato de matrimonio… ¿Es clara la naturaleza…?».

Bajo este decimonónico prisma le hace hablar a Lucien, un trasunto de Van Gogh, el escritor Octave Mirbeau en su novelita En el cielo, que ahora estoy terminando de leer. Es la cuarta obra de Mirbeau que leo; me tiene obsesionada.

Esta mañana estaba viendo la tele -los dibujos- mientras desayunaba. Veía Érase una vez… Los Inventores. Se trataba de un capítulo dedicado a Marie Curie (video 1, 2 y 3). El pelanas insistía a los niños, mientras les contaba la historia de la física descubridora del radio, lo relevante del hecho de tratarse de una mujer. Les dice: «el célebre escritor Octavio Mirbeau decía en aquella época que las mujeres deben dedicarse a sus quehaceres domésticos».

Tendríais que haber visto lo sorprendida que me dejó el comentario del pelanas. ¿Célebre? Hasta hace un año yo no conocía a Mirbeau. Después reparé en que Érase una vez es una serie francesa y que allí, claro que sí, sí debía ser célebre este autor nacido en Normandía en 1948. Lo siguiente que pensé fue ¿Mirbeau opina eso de las mujeres? Bueno, puede ser, a fin de cuentas nos movemos en el Fin de Siglo XIX, no sería de extrañar. A Mirbeau no le gustaban los prerrafaelitas, y eso es algo mucho más preocupante. No obstante, he leído cuatro obras suyas y no he encontrado una opinión semejante.

Las mujeres de sus libros, al menos aquellas que he conocido, no se quedan en casa dedicándose a sus labores. Una encuentra un supremo goce en la tortura, la otra en el asesinato. Son mujeres que, como él, son anarquistas y amorales.

(No obstante, la pregunta está en el aire. Existe un ensayo de Pierre Michel -presidente de la Société Octave Mirbeau, probablemente la persona que más sabe sobre el autor- titulado Octave Mirbeau: ¿ginecófobo o feminista?, en el libro de Bard Un siglo de antifeminismo).

Yo creo que este es un buen momento para recuperar a Mirbeau. La coincidencia de tres ediciones de sus obras lo propicia. Nosotras le dedicaremos un programa cuando arranque la nueva temporada de ¿Quieres hacer el favor de leer esto, por favor? para aportar argumentos a su reinserción en el discurso literario actual.

Mirbeau era un dreyfusista en tiempos en los que había que tomar partido y acarrearlo de los cafetines y los periódicos a las obras literarias. No es que Mirbeau escribiera otro Yo acuso: los personajes de sus novelas son dreyfusistas unos y antidreyfusistas otros (o pro israelíes unos y antisemitas otros). Aunque sobre todo predominan los personajes conservadores, al contrario que Mirbeau, probablemente algo exagerados, tal y como un escritor desde la izquierda retrataría hoy a un neoultraliberal: dejando que se ponga en evidencia.

A pesar de ello, lo que más me gusta de Mirbeau no es su compromiso con la sociedad y sus problemas derivados de los conflictos entre clases y el reparto de la riqueza. Lo que me apasiona del escritor y periodista es su amoralidad y su incorrección. Las crudas defensas del asesinato (en el prefacio de El jardín de los suplicios o en Diario de una camarera) se sitúan más allá de la ley. La exploración del placer le lleva a territorios escabrosos en los que es necesario adentrarse sin prejuicios, amoralmente, para comprender la esencia sórdida y deliciosa del alma humana.

También aprecio su decadentismo, que en más de una ocasión le empareja a Huysmans, su placer por lo exótico, por el simbolismo, por el éxtasis del arte. Sucediéndose esas sublimaciones siempre dentro de la crítica social, incluso cuando sus personajes buscan con obstinación el exilio.

Mirbeau es un escándalo. Me lo parece ahora, ¡cómo no debía de serlo hace 110 años!

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