Franco no está, pero el franquismo sigue en el Valle de los Caídos

A pesar de la considerable retención de automóviles que se formó en la calle de entrada al Valle de los Caídos, que parecía presagiar un colapso de proporciones tardofranquistas, luego no fue para tanto. 20 minutos después, la carretera hacia Cuelgamuros comenzaba a engullir los coches, uno a uno, permitiendo el acceso gratuito, quince minutos antes de que comenzara la misa de once.

Que se pueda aparcar sin problemas, una vez dentro, evidencia que la fila de coches parados en el arcén era una falsa alarma. También hay cola para entrar en la basílica, pero no supera los diez minutos de espera y está provocada por el control de entrada. Comienza la misa y hay sitios libres en los bancos, pero no tantos como en otros días, ni como en otros 20 de noviembre. Hoy es un 20-N especial. Es el primero sin Franco allí desde su entierro. Pero no solo por eso: los franquistas se sienten de enhorabuena. Como diría una famosa canción, es un bien muy mal o un mal muy bien. Es decir, los franquistas se sienten observados y eso les devuelve al espacio público. Y a la postre, la basílica se llena con unas 200 o 250 personas. Aunque Franco ya no esté allí.

En verdad, sus restos mortales son los que ya no están allí, pero eso no parece ser motivo suficiente para que los nostálgicos de la dictadura sigan acudiendo en el día de su muerte a su mausoleo; dejando rosas sobre las losas que han reemplazado su lápida; traspasando, incluso, un beso de los labios hasta el suelo; levantando un brazo con rigidez totalitaria y proclamando, al finalizar la misa, un enérgico ¡viva Franco!, respondido con un coro de voces que contestaba “¡viva!”. En definitiva: Franco sigue estando allí.

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