Gastroenteritis y creación

Mi hija Eleonor está enferma. Le acaricio el pelo durante minutos interminables mientras ella reposa su cabeza sobre mis rodillas y se queja del dolor de tripa. Vomita sobre mí, sobre mi falda y mis medias. Limpio el baño con lejía después de sus deposiciones. La miro acongojada porque me siento culpable de haberla traído al mundo para que sienta dolor de tripa. Me siento responsable por lo que se haya podido llevar a la boca que la haya hecho enfermar, por mi falta de vigilancia. ¿En qué estaría pensando yo mientras la bactería se introducía en su cuerpecito, ya tan separado del mío?

Cuando paso mi mano por su pelo mil veces, sin cansarme y ella se queda dormida, yo pienso o leo. Secretamente la culpo de tenerme ahí amarrada, con una sola mano libre para sostener el libro o el mando de la tele. Si tuviera las dos manos libres, podría estar escribiendo, me digo, aunque ella siguiera acurrucada en mi regazo.

Recuerdo estas citas (vía Tillie Olsen en Moyra Davey: Maternidad y creación):

«La respuesta de una mujer a la enfermedad de un niño forma parte de su total implicación con el niño; tal vez no es lógico y aun así es esencial para la confianza de un niño que su madre se preocupe por él. No puedo imaginar seguir trabajando cuando uno de mis niños tiene fiebre alta o le duele algo; mi mente estaría completamente distraída. Tampoco me resulta fácil dejarlo en manos de otra persona; mis pensamientos se centrarían en él». (Sally Bingham, n. 1937).

«Mi abuela, que escribió y vendió cuentos cortos en un momento de su vida, antes de criar a seis hijos, solía declarar con cierta amargura que dar a luz y criar hijos agotaba la creatividad de la mujer. Su decepción me hace recordar mi propio fracaso en cuanto a resolver las dificultades de la educación de los hijos ejerciendo una carrera de plena dedicación. La savia todavía no la he perdido, pero sin duda alguna he perdido tiempo: como mínimo he ‘perdido’ cinco de los diez años pasados por dar a luz y criar a tres niños, y todavía no veo el final del túnel. Mi trabajo se reduce a cinco o seis horas a la semana, sometido siempre a interrupciones y a cancelaciones; y aun así no me arrepiento de la forma que ha tomado mi vida, aunque no es la que yo hubiera escogido, diez años atrás». (Sally Bingham).

«Es humanamente imposible para una mujer que es esposa y madre trabajar con regularidad y escribir. Los fines de semana, las noches, las vacaciones van bien para leer, pero no son suficientes para escribir». (Margaret Walker, n. 1938 – m. 1968).

«El significado del trabajo, y la necesidad de aprender insistentemente a ser un artista formando una familia es lo que ahora intento siempre entender, y después de cada momento de entendimiento, trato, concienzudamente, siempre prestando mucha atención a cada detalle, de estructurar mi tiempo. […] No debo aceptar ni un solo compromiso social. No debo hacer nada más que trabajar cuando no estoy con los niños. Debo aprender a dormir menos. Así es. Todavía me siento atrapada en el medio, entre ese tiempo en el que las mujeres serán capaces de dedicarse a trabajar y tener hijos y querer… y el pasado, el entorpecimiento físico y emocional. […] Hay tanto que escribir sobre esta maternidad y sobre su poder… Mis hijos tienen sólo dos y seis años, todavía bebés, cuyos cuerpos añoro cada tarde hacia las cuatro cuando voy a recogerlos». (Jane Lazarre).

«Intenta decirle a un niño que mamá está trabajando, cuando el niño ve con sus propios ojos que su madre está sentada escribiendo… No me atrevo a poner música cuando estoy en el sótano escribiendo, no sea que arriba se crean que estoy holgazaneando. Tengo la sensación de que para que me respeten debo hacer pasteles y pan casero y mantener las habitaciones y la casa ordenada». (Liv Ullman vía Susan Rubin Suleiman).

«Para mí, la poesía era donde yo vivía como madre de nadie, donde existía por mí misma». (Adrienne Rich).