Hay pan en el horno

El poder de evocación que ejerce durante dos segundos un olor puede trastocarme durante cuatro o cinco días. Esta semana Adriano me dio un trozo de pan, de bollo, con la corteza muy tostada y el interior harinoso. Ese trozo de pan no tenía sentido en la cocina de la redacción de un periódico en un barrio feo de Madrid, por lo que cerré los ojos mientras lo olí. Luego el sabor no importó tanto. Pero el olor durante dos segundos en primer plano sobre fondo negro me partió en dos y hubo dos Elenas viviendo la tarde y manteniendo las apariencias.

Es difícil ser dos y ocupar el espacio de uno, saber qué contestar sin pensarlo antes o teclear a cuatro manos. Dos personas piensan dos cosas distintas, pese a que cierta telepatía emocional las conecte milagrosamente. Pensar lo mismo no es estar de acuerdo, quizá sí es desear algo al mismo tiempo pero no por los mismos motivos. Y así, las dos Elenas sobreviven el paso de la tarde, una pensando en las evocaciones del olor del pan y la otra disimulando las faltas de su hermana, poniendo parches en las tuberías rotas y aparentando, como todas las tardes, ser quien es.

Había empezado a olvidar el duro trabajo que resulta defenderte como eres cuando pasas el día rodeado de personas. En el aislamiento del trabajo en casa te olvidas de pensar en quién eres, cómo eres y qué debes hacer; vas poniendo unas piezas encima de las otras y así construyes. En cambio, para compartir tu espacio con muchas personas, las mismas personas, todos los días, pasas la jornada poniendo piezas pero no para construir un jardín sino una fortaleza con su foso.

Dos segundos oliendo el mendrugo de pan provocó que una de las Elenas se apoyara torpemente sobre su construcción de piezas, su Exin Castillos, y cayeran sobre la moqueta de la redacción en avalancha de piezas desparramadas con fuerza.

Hoxe vou facer orellas do entroido. ¿Queredes?

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