La fast caridad

Es abrumador todo el residuo que deja una persona cuando se muere. Nos morimos, además, importándonos poco toda la porquería que dejamos atrás. Cajones llenos de fiducias y armarios atiborrados de ropa. Despachar todos esos objetos perdidos es un marrón para que el que se queda, siempre y cuando el que sobrevive tenga cierta empatía con la muerta. En una ocasión vi como los hijos pagaban a Betel lo que fuera que hubiera que pagar para vaciar la casa de su madre muerta, dejando para los forzudos extoxicómanos cartas, fotos y enaguas, que fueron directamente al vertedero.

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Años después de que muriera mi madre vaciamos su casa. El retraso lo hizo un poco menos doloroso que si lo hubiéramos hecho al día siguiente, como he visto hacer otras veces. Un gran error, porque es mejor llevarse el sufrimiento de golpe y mirar hacia adelante que arrastrar el luto durante varios años. Uno de los peores momentos de mi vida sucedió durante esos días; es algo que no contaré aquí. Uno de los mejores sucedió también durante esos días, eso tampoco lo contaré porque no viene al caso. Lo que sí me interesa recordar es el asunto de la ropa.

Los armarios de mamá aún estaban llenos de elegantes abrigos, trajes chaqueta y blusas de señora. Me quedé con los bolsos, pero a los zapatos de la talla 35 y al vestuario de otro tiempo y otra mujer no podía darles uso. En Madrid es muy difícil encontrar organizaciones no religiosas con ropero así que decidí llevar sus vestidos a Karibú que, aunque tiene una vinculación lejana con la Iglesia, está constituida como una asociación del pueblo africano. Cargué el maletero del coche con muchísimas perchas y bolsas. Los abrigos iban protegidos en fundas opacas para protegerlos del sol. Tuve que parar en segunda fila, en la calle Santa Engracia, con el warning puesto y un lío de gente en la acera y en la entrada de la asociación.

El pensamiento más común que tenemos cuando nos toca gestionar lo que la persona dejó atrás es «qué pena todo esto, ojalá lo pueda aprovechar alguien» y, perdón por el toque racista, «con la de negritos desnudos que hay en África esto no puede acabar en la basura». Es una encrucijada parecida a la que le plantas a tu hija encima de la cuchara cuando no se quiere comer el puré: «¿tú sabes la cantidad de niños que hay en el mundo que no tienen para comer y tú me vas a hacer tirar la comida?». Dentro de poco, mi hija, que es muy lista, se dará cuenta del chantaje y me contestará que no porque ella se trague el megunje de calabacín habrá un negrito africano que no se muera de hambre. A poco que lo pienses con sinceridad, te das cuenta de que este argumentario solo te beneficia a ti misma. Si todo va bien, mi acto de caridad me impedirá el horrible shock de ver en el cubo de la basura la ropa inerte a la que una vez dio vida mi madre. Y, si el truco funciona con la niña, esta se comerá la cena para no tener remordimientos.

Yo sola no me bastaba para sacar del coche y bajar al ropero de Karibu todo lo que traía con rapidez, no me fuera encima a llevar una embestida de otro coche, o, peor, una multa. Así que en el primer viaje les pregunté si alguien podía venir a ayudarme. Cuando volví al coche tres o cuatro personas se arremolinaban a mi alrededor y prácticamente me cogían las bolsas de las manos. Cuando saqué la cabeza del maletero me di cuenta que las personas que me estaban ayudando no estaban entrando las bolsas dentro de Karibu sino que se las estaban llevando. Vi una pareja joven que empujaba un carrito de supermercado coronado con las fundas de cremallera que contenían los abrigos que acabábamos de sacar. Se iban Santa Engracia abajo. Les detuve, les dije que se esperaban a cogerlos cuando estuvieran colgados en el ropero. Estuve a punto de decirles ¡pero si no sabéis lo que hay dentro! La mujer era alta, delgada, vestida con un hermoso estilo africano que parecía clásico y moderno a la vez. Lo que se llevaban no les iba a servir. Agarré los sacos y forcejeamos hasta que apareció un voluntario de la asociación. Al verle, el hombre soltó las perchas, dio media vuelta y me gritó en español, mientras empujaba el carro «¡señora mala!».

La semana pasada estaba parada, dentro del coche, en el cruce de la Avenida de América con Francisco Silvela. Es un semáforo eterno que permite a algunas personas aprovechar para pedir dinero entre carril y carril. Un hombre avanzaba con decisión armado con una botella llena de líquido verde y una regleta limpiacristales. No tuvo suerte con los coches anteriores y, mientras avanzaba hacia mí, yo ya le decía que no con la cabeza. Se volcó sobre el capó y me echó un chorrazo de detergente a la altura de mi cara al otro lado del cristal. De esa forma dejó de ver cómo le decía que no. Frustrada, le pité. Debió de ver asomar mi cara enfadada entre las líneas limpias del parabrisas. La verdad es que un poco más limpio que antes sí que había quedado. Se puso a mi lado. Vi una moneda de 20 céntimos que había junto a la palanca de cambios y, derrotada, bajé la ventanilla. ¡No lo hagas!, me gritó Alberto desde el asiento del copiloto. No quería hacerlo, pero la moneda esta a un lado y el hombre en el otro. Tenía que hacerlo. Cuando la ventanilla se bajó del todo el hombre metió sin pudor la mano extendida dentro del coche. Cogí la moneda y le dije «toma». El hombre la miró, gritó no sé qué en un idioma que desconozco y me la tiró con fuerza a la cara. Merecido lo tienes, me dijo Alberto.

Señora mala, recordé de inmediato. Más me dolió, aquella vez delante de Karibu, el «señora» que el «mala», porque el hombre atinó, quizás involuntariamente, en el punto débil de la caridad, el lugar en el que se coloca la persona que da. En ese lugar eres una señora, sea dicho en su acepción más peyorativa. No pierdes nada que necesites porque solo das lo que te sobra. La ropa de un muerto, la moneda que quedó allí olvidada. No me va a hacer menos señora regalar mi camisa favorita o aumentar la cantidad de la limosna porque eso no me mueve de la fast caridad.

No es que haya aprendido una gran lección. (Detesto las historias que acaban en una moraleja por lo que no podría acabar este texto con una). Los que tenemos mucho debemos vivir con menos, eso está claro. ¿Y los que no tienen nada? De entre todas las respuestas, la caridad no resuelve el problema de manera justa y honesta.

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