Los libreros de Fuentetaja, en huelga kamikaze

Luchan por una librería que está siendo conducida a la ruina por un propietario que lo primero que hizo al comprar, hace 8 años, fue congelar los sueldos hasta hoy

Los libreros disfrutan de su oficio con resignación, como un jubilado que agota con tranquilidad y buen ánimo los últimos años de su vida haciendo lo que más le gusta.

«Una librería es un pequeño santuario, con un criterio literario, que permite cortar un espectro de lo publicado», define Carlos García Simón, hasta hace pocos días librero de la resistente Fuentaja en Madrid. Hoy en paro.

Las librerías con carácter han sabido aguantar la embestida de supermercados de la cultura como FNAC o, en menor medida, la Casa del Libro. Al contrario que las tiendas de discos, quizás porque estas últimas olvidaron que lo importante no era vender sino seleccionar. «Cuando entras en Amazon o FNAC estás absolutamente perdido», dice Carlos.

En tiempos de abundancia creativa -donde muchos ciudadanos se han vuelto punks, en el viejo sentido británico de si ellos pueden, porqué no voy a subirme yo también a un escenario, porqué no voy a publicar- es más importante encontrar la persona que sabe lo que recomendarte que disponer de un amplio y variado stock; lo cual no deja de ser, en su medida, también importante.

Ocho años de salarios congelados

El papel de Fuentetaja antes de 1999 era de resistencia política y estética, desde que fue comprada por Pedro Pablo Mansilla, «no queda nada claro», según sus libreros, que estos días están en huelga para defender no sólo ese concepto de negocio («no se vigila el fondo de librería», «no existe un concepto rector», «los anaqueles siguen vacíos», «se pospone la creación de una página web funcional», «no se atiende con el debido interés los pedidos», «el espacio de la librería está inutilizado», argumentan en su manifiesto de huelga del pasado 20 de diciembre) sino también para exigir mejoras salariales.

Sus empleados, en algunos casos con más de diez años de antigüedad, son menos que mileuristas. Desde hace ocho años viven una congelación salarial que esta movilización intenta desbloquear. Con el inicio de las negociaciones algunos consiguieron elevar su paga un 10%, otros un 9%. Esta discriminación y el incremento, considerado «ridículo», empuja a los trabajadores a continuar en lucha.

«Los primeros en plantarnos fuimos seis -recuerda Carlos-, tres que acabábamos de entrar hacía cuatro meses y los dos intermedios, Íñigo y Amelia, que llevan aquí 11 años, sólo 11 años porque el resto lleva 30».

A Carlos le contrataron hace siete meses, para la apertura de la nueva sede de la librería en la calle San Bernardo 35, ya que su anterior, histórica y laberíntica ubicación en el número 48 de la misma calle estaba en peligro de ruina. Le ofrecieron colaborar en el proyecto de reflotar una librería mítica y ponerla a la altura de la Central en el Reina Sofía, que para el joven dependiente es la referencia en Madrid. «Yo llegué con la idea de configurar una librería poderosa con un criterio literario fino. Esa fue la idea. Duré un mes con esa posición». El muro contra el que se enfrentó es el de «la desidia, una especie de coma mantenido, que es la expresión que utiliza Íñigo Jauregui«, otro de los libreros en huelga.

Propietario por prestigio

El propietario del 90% del negocio es Pedro Pablo Mansilla, promotor inmobiliario, ex cargo del PSOE, ex director general de Administración Penitenciaria con gobierno de Felipe González y hoy de actualidad por haber sido designado por Luis Fernández para liquidar los bienes inmuebles de RTVE en Madrid.

Los libreros opinan que compró el negocio por el prestigio del nombre pero no está interesado en hacer que funcione, basta con que no quiebre. «Toda la directiva, que son tres personas, no prestan atención alguna a la librería. No se divide el trabajo, no se permite ejercer el criterio literario a los libreros. Tenemos un librero espectacular en la sección de pedagogia, y no se le permite desarrollar su criterio profesional», explica Carlos.

La huelga arrancó el día 21 con caracter indefinido pero «todos sabemos cómo va a acabar esto», confiesa el librero despedido con gesto irónico y sonrisa desilusionada, «será igual que cuando se planteó la huelga y yo fui despedido. Es bonito porque al menos fueron francos, me dijeron ‘eres el más barato’. Esto acabará cuando la huelga se desconvoque, porque económicamente no se pueda seguir manteniendo, e Íñigo y Amelia Gómez, que son las dos cabezas, se vayan a la calle».

Amelia sabe lo que va a suceder pero tomó esta decisión para ser fiel a sí misma, porque si no lo hubiera hecho, no se lo hubiera perdonado nunca. Saben que la librería podría dar beneficios, que hay una demanda desatendida, que el nombre de María Fuentetaja, la fundadora, todavía significa algo. Asistir al fracaso y a la humillación laboral de brazos cruzados es lo último que no están dispuestos a consentir.

CC. Elena Cabrera. Publicado en ADN.es

¿Compartes?