Pasear la ciudad para los que odian el turismo

Paseo Arganzuela. Foto Intermediae

Sobre la actitud del paseante se ha escrito mucho. Le Breton decía que no es lo mismo caminar que pasear. Benjamin acuñó el famoso término flâneur para dar forma al hombre ocioso que sale de casa cuando nadie le obliga para seguir su inspiración, “como si el solo hecho de torcer a derecha o a izquierda fuera en sí mismo un acto esencialmente poético”. Baudelaire también paseaba por París, sumido en el spleen, saboteando el tráfico y los comercios, henchido de melancolía por la ciudad en transformación.

Menos, pero también, se ha escrito sobre la flaneuse. Janet Wolff se dio cuenta de que la figura central del paseante en la literatura había sido masculina, por lo que se requería una sociología feminista de la modernidad para complementar esos textos. Desde los ojos de la mujer paseante se piensa la ciudad de una manera diferente, con otras prioridades sobre el uso del espacio público.

Heidegger decía que habitar es una forma de pensar. Wolff, que el caminar no es solo una actitud física, sino un ejercicio crítico. Rebecca Solniz proponía “pensar el caminar como una herramienta y un reforzamiento de la sociedad civil, capaz de resistir ante la violencia, el miedo y la represión”.

Con todas esas herramientas en el bolso, flâneur y flaneuse se echan a la calle a remirar la ciudad. Pasear es una actividad opuesta a hacer turismo. Para aquellos que necesitan ver la ciudad —masificada, turística— con una perspectiva que aligere ese espeso cortinaje y les reconcilie con el urbano, se proponen los paseos en grupo comentados. Es una experiencia que crea comunidad, genera conocimiento y desentraña el obtuso tejido de información acumulada sobre calles y barrios.

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Foto: Paseo de Paco Graco por Arganzuela el 2 de abril de 2019. Foto Intermediae Matadero.

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