Por qué alguien querría meterse voluntariamente en un ataúd

The premature Burial de Wiertz

De lo único que se acordaba, dijo la mujer de Gabriel Montoya, es de que cuando abrió los ojos estaba metido en una bolsa negra. Sucedió el 7 de enero de 2018, en Asturias. Gabriel, preso en el Centro Penitenciario de Villabona, había intentado suicidarse. Los médicos que examinaron su cuerpo inerte le dieron por muerto, pero horas después despertó en una mesa del Instituto de Medicina Legal de Oviedo. Se trata de un reciente pero extrañísimo caso de catalepsia. “No me explico cómo ha sucedido este milagro”, dijo su padre.

Montoya había ingerido varios tipos de drogas con el objetivo de quitarse la vida. Estudios realizados con animales, ya a mediados de los años 40, inferían que dosis altas de cocaína provocan estados catalépticos en el organismo. La acción neuroestimulante de la droga llevaba a los perros con los que se practicó este estudio del Instituto Nacional de Higiene de Lima a la parálisis tanto de la actividad cortical como de la motriz, así como la llamada flexibilidad cérea, un síntoma de la catatonia en el que los miembros pueden ser manejados por un forense y colocados en posturas antinaturales sin que se muevan.

Con la medicina actual, que un cuerpo llegue vivo hasta la fría mesa metálica de un instituto anatómico forense es altamente improbable, casi imposible, a no ser que entren en juego carencias de medios o negligencias médicas. Pero, ¿cómo sería hoy en día la experiencia si la catalepsia fuera posible? Esa es la pregunta que se hicieron David Moreno y Cristina Raya, los creadores de un lugar llamado Catalepsia.

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