Querido diario

Se acaba 2017 y un año más me doy cuenta que conservo este espacio por nostalgia, al igual que otras posesiones que ya no necesito, pero de las que no me puedo deshacer.

Este año he escrito catorce entradas, y muchas de ellas no eran originales. Así que, ¿por qué te mantengo? ¿Por qué pago un dominio? ¿Por qué no te borro, The Last Dance, y te mando al olvido de todo lo que un día fue en Internet y hoy ya no existe -e incluso ya nunca existió- porque no está y porque no se encuentra?

Por si acaso.

Por si acaso un día como hoy necesito hablar y no hay interlocutor.

Pero, he de admitir, ahora ya me da vergüenza escribir en un blog. Escribir personal, quiero decir. No es como antes.

No solo he cambiado yo. También ha cambiado Internet y habéis cambiado vosotros.

De entre todas mis nostalgias (son demasiadas), se enciende últimamente con frecuencia mi nostalgia del Internet de hace quince y también viente años. Cuando la Red era horizontal y si publicabas en ella, llegabas muy lejos. No deja de asombrarme la paradoja del crecimiento de la Red: cuánto más grande es, menor es el alcance para la mayoría y mayor (por supuesto) para una élite. En el día en el que esta paradoja se hizo cierta, Internet empezó a morir. Es decir, aquella Internet, la que era salvaje, de todos, pequeña, anárquica, simple, del IRC, de los boletines de noticias, de los foros, de los correos electrónicos, de geocities. Antes del spam, antes de Facebook, antes del imperio de Google, antes de Twitter.

A Twitter se le puede aplicar la misma paradoja que a Internet: ahora que tengo más de 10.000 followers, tengo menos alcance que nunca. Cuando tenía 2.000 y publicaba un enlace a un artículo mío, aquello era un cohete. Cuántas veces he deseado borrar mi cuenta en estos diez años (se cumplen en febrero) y no lo he hecho porque hay un respaldo profesional ahí. Antes decíamos que para un periodista sus followers son su fuerza. Puede ser que sea así, pero solo para una élite: de 100.000 para arriba.

PD

Así era mi vida hace 15 años.

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