Refree, Alaska y Otto

«La recordaré (…) per com feia servir les regles als escrits les faltes eren molt menors a tots els errors que feia en la seva joventut» (Raisa, Refree). En Clamores, el jueves por la noche, Raül presentaba la canción cantada en catalán Raisa (del segundo disco de Refree, «Nones») traduciendo al vuelo la historia de una mujer, de oficio correctora en un diario, que era bien capaz de detectar los errores en los textos de otros pero nunca veía los que cometía con su propia vida. Trágico vicio, y triste, de correctores y también de editores. No hurgaré más: no quiero convertir The Last Dance en terapia de grupo. La del jueves fue una noche larga que se evaporó al límite de las siete de la mañana. Embriagada más del trasnoche que del alcohol, bajé desde Antón Martín con la intención de coger un taxi en la glorieta de Carlos V, recorriendo en auto mi callejero mental que ya trazaba la línea recta Prado-Recoletos-Castellana y gira a la derecha en Diego de León y se detiene el contador y pago justo donde esa calle muere y se bifurca en la mía, y en Conde de Peñalver, y en Francisco Silvela. Y la cartografía, que es sentimental pero la urgencia o el cansancio te hacen a veces olvidarlo y ves sólo circunvalaciones y vías, me recordó demasiado tarde que la glorieta de Carlos V y Atocha es exactamente lo mismo. Sin televisión mediante, hacía mucho tiempo que no me fijaba en la Estación de Atocha, y desde una acera, aún más. Que hay ciertas cosas que no las viste con tus propios ojos es otra de las cosas que olvidas («ya no sé si lo viví o me lo contarón» me toca decir a menudo). Ví muchas velas encendidas y me impresionó un poco. Escribo en los intermedios de la entrevista que le están haciendo a Alaska(*) en Salsa Rosa. Es curioso lo que ocurre cuando sabes mucho de algo: te revientan las pequeñas inexactitudes, que no es que sean errores ni mentiras, pero se le acercan peligrosamente. E imagino que la visión periodística es siempre inexacta como una fotografía en baja resolución pero no nos damos cuenta porque sólo somos expertos en una cosa. Una de las periodistas ha nombrado a Carlos Berlanga y ha dicho «que todos sabemos quién es». Si nombras a Carlos Berlanga y eso es lo único que añades a su nombre, me da en la nariz que no tienes ni pequeña idea de quien era, chica. Tras el concierto, hubo camerino. Hacer camerino es ese momento tan incómodo que casi siempre rehuso pero muy en el fondo adoro. Se comparte la excitación del concierto finalizado (mejor o peor y eso condicionará también el grado), el caos de la recogida de instrumentos, los merecidos brindis y recompensas, anécdotas género camerino («pues en la sala tal ví una pintada del grupo tal que tal…»), chistes malos (Festival del Humor a espuertas), apariciones estelares (en el caso de antesdeayer, Tomás de Everlasting), fotografías (Irene/Aroah, que había cantado sus líneas con Refree, llevaba una enorme cámara del tipo de las Polaroid; miro mi primer tesoro de la noche: la foto en la que salimos Jesús, Raül y yo, aparentando ellos muchísimo más serios y mucho más borrachos de lo que en verdad estaban) y planes de noche. El impulso (la fiera, creo Saski lo llamaba) nos llevó al Café de la Palma y de ahí a casa de Abel (hola, Abel) donde pude escuchar gran parte del nuevo disco de Migala en pre-master. Tercer tesoro de la noche: una canción tremenda, seis minutos, bellísima, donde la voz juega a corre delante tuya y no la puedes atrapar, un tema que te deja raro, parado en una marea. Segundo tesoro de la noche (quizá os preguntáis): la canción «Fabulous Muscles» del disco del mismo nombre que ha editado Acuarela, de Xiu Xiu. Volviendo en el taxi abro el bolso y recuerdo cuáles fueron los cuarto, quinto y sexto tesoros arrancados a las horas: «The Last Laugh» de Aroah, el mencionado disco de Xiu Xiu y «Divina Lluz» de Mus. Tres discos (tres Acuarelas) que esperaba con todas las ganas del mundo. Ayer noche volví de nuevo al Café de la Palma para la fiesta Annika en la que se presentaban los discos de The Otto Show y Serpentina. Éstos últimos tienen esa cosa añeja de la España de los sesenta: fans de Cecilia, Vainica Doble, Parade y las canciones dobladas de la película Mary Poppins que los hace encantadores. Ya me gustaba el disco pero al escucharlas canciones en acústico me convencí del todo. Otto es un viejo conocido. Guitarrista de Los Montgolfier, las primeras veces que le ví se mantenía siempre en un segundo plano más tímido que discreto. Poco a poco, fuimos hablando más. Un día, hace ya tiempo, recibí un CD-R con sus canciones, sobre las cuales Mark (Gnac), Richard (Vespertine) y Roger (Quigley) no hablaban más que bellezas. Gregorio Soria ha sido cabal y ha editado ese mismo disco en su sello. ¡Qué suerte! Otto es mancuniano y con él Aldo y yo estuvimos hablando de nuestro próximo viaje a Manchester. Nos pondrá en nuestro camino a la segunda mano del vinilo. Mmmmm. Ya lo huelo. (*) En el hipervínculo sobre el nombre de Alaska podréis comprobar que se acabó el club Fan Fatal. Noticia triste. «La procesión enseñome a escribir cola peor caligrafía cada día, cada nueva despedida». (Escuela Cruda, Mus).

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